| Antología |
El mundo del cuento
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Sirenio |
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De pie junto a la puerta del banco, con una pistola en la mano insegura y temblorosa, Sirenio contemplaba el asalto como si se tratara de algo completamente ajeno a él. Le era difícil aceptar que formaba parte de lo que transcurría ante sus ojos, que tenía algo que ver con el hombre de chamarra negra y lentes oscuros que gritaba y maldecía, mientras obligaba a los clientes y empleados a levantar las manos y a replegarse hasta la pared del fondo; o con el tipo de la camisa de cuadros que ahora golpeaba a esa mujer histérica y la obligaba a callarse y a reunirse con los demás. Y, sin embargo, él los conocía a los dos y, si el miedo le hubiera permitido pronunciar palabra, habría podido llamarlos por sus nombres. Y él, Sirenio Vázquez, tenía un papel en todo eso. "Tú, en la puerta", le había dicho Jimmy esa misma mañana. "Primero entramos nosotros. Rafa se encarga del policía, lo desarma, y tú lo vigilas y nos echas aguas con la puerta. Ramiro nos espera en el coche mero enfrente, y nos pelamos de volada. Ya sabes, nomás no te me apendejes, porque nos lleva el carajo". Y ahora estaba allí, contemplándolo todo sin entenderlo, con una pistola en la mano y ese policía frente a él. *** Si al menos Jimmy no le hubiera quitado el amuleto, si pudiera contar con la sirenita, con su ayuda, como siempre que la había necesitado. Como aquella vez que le había dado el calambre en el banco de ostras y ya tenía la panza llena de agua y casi se daba por muerto, cuando de repente sintió que algo lo levantaba, lo empujaba hacia arriba, hasta que recibió en la cara la caricia del sol, y el aire que se le atragantaba entre buches de agua. Y él estaba seguro que había sido ella, la sirenita, la que lo había salvado, aunque luego sus amigos se burlaran de él cuando se lo contó. Pero esta vez no podía ayudarle. Nadie podía ayudarle; ni la sirenita, ni su padre, que a esas horas estaría asegurando la lancha en el embarcadero o llevando el pescado a Pochutla. Tampoco su madre, que andaría atareada con la comida y acaso estaría pensando en él, en Sirenio, pero que nunca podría imaginarlo así, como estaba ahora, con una pistola en la mano, paralizado por el miedo, en medio de los gritos de mujeres histéricas y las maldiciones de los dos hombres armados como él. *** Cuando te lo dije, nomás me miraste con tus ojos cansados, más tristes que nunca. Te quedaste callado un buen rato, mientras yo repetía que ya no tenía caso que siguiera en el pueblo, que cada vez sacábamos menos y nunca alcanzaba para tanta familia, que en México podía encontrar un buen trabajo y regresar con algún dinerito. Tú nada más me escuchabas y seguías atareado con la reparación de la red, y a ratos te volvías a verme, con la mirada cada vez más triste. De seguro te diste cuenta de que estaba hablando más para mí que para ti. Para convencerme yo mismo de que era lo mejor, de que no había de otra. Finalmente dejaste la red por la paz y me miraste. _ Nada más piénsalo bien _dijiste_. Aquí nos tienes a nosotros, tus padres y tus hermanos, y allá ni quien se ocupe de ti. Las cosas no son tan fáciles como crees, ya lo verás. La vida es canija en cualquier lugar... Pero tú sabrás lo que haces. Ya estás crecido, y ni modo... _ Pierde cuidado, papá. Ya verás cómo me va a ir bien. Además, llevo unos cuantos centavos que he ido juntando, cuando menos para regresarme si las cosas se ponen difíciles. Así que no te preocupes. _ Bueno, pues si es cosa decidida, qué le vamos a hacer... *** Jaime Duarte (Jimmy para los cuates y para el alias de la ficha policial) leía, calmoso y un tanto aburrido, el diario vespertino, despatarrado con indolencia en una banca de la alameda central. La pistola, una 38 de cañón recortado, le abultaba visiblemente el bolsillo de la chamarra. Sabía que era absurdo y hasta peligroso traerla consigo todo el tiempo, pero sólo así se sentía seguro. Había salido de la cárcel por buena conducta tres meses antes, recortando un año a su condena, y ahora, sin trabajo y sin intenciones de trabajar, procuraba llenar de cualquier modo las interminables horas de cada día. Más de una vez se había encontrado, con algo parecido a la sorpresa, recordando con nostalgia los días en la prisión, las conversaciones con los cuates, la sensación de autoridad y de importancia que le daba el tener su propia camarilla, el pequeño grupo de incondicionales que le había permitido pasarla con ciertas comodidades y privilegios, y hasta ahorrar una suma respetable. Pero casi todos sus amigos seguían en la cárcel, y él se aburría terriblemente mientras entretenía las horas muertas soñando con rehacer su banda y tener, otra vez, algo de acción. Hasta entonces sólo contaba con Rafa y Ramiro. Le hacía falta por lo menos una persona de confianza para lanzarse al primer negocito. Una voz pausada, persistente, lo arrancó de sus cavilaciones. Frente a él se encontraba un hombre joven, moreno y delgado. El pelo apelmazado y la cara chorreada de tierra y sudor pedían a gritos un buen baño, y en su mirada, en la postura encogida, en el temblor de los labios, se adivinaban la desesperación y el hambre. Una concha de regular tamaño, que pendía de su cuello enlazada en una grasienta tirilla de cuero, descansaba en el pecho renegrido que dejaba ver la camisa entreabierta. En su superficie habían grabado, con trazos toscos pero inconfundibles, la silueta de una sirena. _Disculpe que lo moleste... Me da mucha pena, pero... tal vez usted pueda ayudarme... Sabe, vengo de Puerto Angel... Queda en Oaxaca, no sé si conozca... Sucede que nos asaltaron... Asaltaron el camión en que venía, ya casi llegando a la ciudad... Me dejaron sin dinero, sin un centavo... Llevo una semana buscando trabajo, y nada... Tal vez usted pueda ayudarme para comprar mi boleto de regreso a Oaxaca... Me da mucha pena, pero... Jimmy lo contempló en silencio. La desesperación en los ojos de ese joven era demasiado grande para ser fingida, y el hambre se reflejaba puntualmente en cada uno de sus gestos. _¿Y a qué viniste para acá, si se puede saber? _Pues a trabajar, a ganar algún dinero... Sabe usted, allá la situación está canija, y la familia es grande. Me dijeron que aquí había trabajo, y que se ganaba bien. _Pues te dijeron mentiras. _De eso ya me di cuenta... _¿Y qué sabes hacer? _Pues allá, en Puerto Angel, pescaba con mi papá y mis hermanos... Pero le entro a lo que sea... _Eso es bueno... ¿Y cómo te llamas? _Sirenio... Sirenio Vázquez. _!Sirenio! _repitió Jimmy, soltando la carcajada_. Qué chinga te pusieron. _A mí me gusta _se animó Sirenio_. Sabe usted, cuando yo nací, mis papás esperaban una niña, y pensaban ponerle Sirena. Por el mar, sabe. Allá todos vivimos del mar. Y a mí, la verdad, me gusta mi nombre. Además, me ha traído suerte. Esta concha con la sirenita me la dio mi papá, y me ha sacado de muchos apuros. Jimmy lo contempló en silencio mientras encendía un cigarrillo y soltaba lentamente la primera bocanada de humo. Entecerrando los ojos, parecía sondear la mirada de ese muchacho tostado por el sol, el tamaño de su desesperación. Mira Sirenio _dijo por fin_, me has caído en gracia y por eso voy a ayudarte... Tengo un negocito en puerta, y me anda haciendo falta un ayudante. Es cosa de hombres, pero de mucho dinero... *** Todavía no llegaban al lugar del asalto y Sirenio sentía que se ahogaba en el aire enrarecido del auto. Tenía las manos frías y sudorosas, y la pistola en el bolsillo interior de la chamarra le dolía como un puñal clavado en el costado. Con una mano temblorosa acariciaba el amuleto que colgaba de su cuello, seguía con la yema de los dedos el contorno de la sirena. Otros tenían una medalla de la virgen, un escapulario y hasta una pata de conejo o una herradura. El tenía a la sirenita, que nunca le había fallado y que lo protegería, estaba seguro, también esta vez. Pero ahora que había comido hasta saciarse, ahora que se había sacado la mugre y el sudor pegajoso del cuerpo, ya no le parecía que lo del asalto fuera tan buena idea. Y aunque trataba de convencerse de que todo saldría bien, de que era, como decía Jimmy, un negocio seguro, de que todo estaba planeado a la perfección, no podía evitar el miedo que le pesaba en el pecho como una lápida. De haber podido, habría escapado del auto en ese mismo instante. Pero ya era demasiado tarde, rodeado como estaba de toda la banda, con Jimmy y Ramiro delante de él, y Rafa a su lado, en el asiento trasero. _¿Qué pasó, Sirenio? _los ojos de Jimmy en el retrovisor_. ¿A poco ya te entró el miedo? No te preocupes, siempre es así la primera vez. Ya te acostumbrarás. Sólo tienes que acordarte muy bien de mis instrucciones: vigilar al policía y echarnos aguas por si pasa algo en la calle. No tiene mayor problema. Sirenio guardó silencio. Sus dedos recorrían, incansables, el contorno de la sirena. _Por cierto, Sirenio _de nuevo la voz de Jimmy, los ojos como rendijas en el espejo_, tienes que darme a guardar ese pinche collar. Cualquiera que lo vea lo reconocería después a dos kilómetros de distancia. No voy correr riesgos innecesarios. *** ¿Por qué tardaban tanto? Le habían dicho que todo iba a ser rapidísimo, apenas un abrir y cerrar de ojos, y a él le parecía que llevaban horas allí, entre los gritos de las mujeres y los de Jimmy, y la mirada del policía, llena de miedo como él. Afuera, Ramiro esperaba, con el motor del auto encendido. Ya algunas personas se habían acercado a la puerta y se habían alejado despavoridas, al verlo a través del cristal, con la pistola en la mano y el rostro desencajado. No tardarían en llegar más policías y entonces sí que estarían perdidos. Y él sin la sirenita, sin nadie que pudiera ayudarle. De pronto apareció Jimmy. Llevaba en los brazos una bolsa repleta de billetes . _Orale cabrón, ya estuvo. Atrás venía Rafa, todavía amenazando con la pistola a los clientes y empleados, que seguían con las manos en alto. En un instante los dos habían traspasado la puerta, estaban en la calle, subían al auto. Sirenio trató de correr, pero las piernas, trabadas por el miedo, le flaqueaban, se negaban a responderle. A duras penas alcanzó a atravesar la acera, y entonces, a dos pasos del auto, que empezaba a moverse, escuchó, sin saber de dónde venían, los primeros disparos... *** _Pásale, Toño. ¿Qué hay de nuevo? _Un asalto en el Atlántico de La Viga, jefe. _¡Carajo, ya son tres en el día! ¿Cuánto se llevaron en éste? _Todavía no sabemos, jefe. Pero parece que fue una buena lana... _¿Incidentes? _Nada más uno, jefe. De los asaltantes. Los otros tres se escaparon en un Dart negro. Lo localizaron abandonado a la altura de Churubusco. Lo de siempre. _¿Alguna pista? _Todavía ninguna. El coche es robado. El muerto no traía papeles. Alrededor de 20 años, más bien flaco. Parece de la costa, por lo quemado de la piel; a lo mejor de Guerrero. _¡Cabrón! ¿Y por qué no de Cancún o de Mazatlán? ¿Alguna seña particular? _Ninguna. Nada más un detalle curioso. Una huella descolorida en el pecho, como si allí no le hubiera dado el sol. A lo mejor un medallón o algo así, pero no traía nada. _Bueno, ¿y eso qué tiene de curioso? _Pues nada, jefe. Nada más que parece como si le hubieran marcado el mero lugar donde le iban a dar el balazo.
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Carlos Ramos© 2001 |
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