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Sonatina para una mujer sola

… Tu auténtica devoción por la música a la que volvías cada tarde, agotado del trabajo, como se vuelve a un amor secreto y verdadero

E Sabato

1. Preludio (Adagio lamentoso)

Desde pequeña soñé con la vuelta a casa al atardecer: en el aire, con los últimos rayos de sol, se cristalizarían como imperceptibles gotitas de ámbar todos los anhelos del día, todas las ilusiones, las pequeñas derrotas y esa repentina e inexplicable melancolía que nos espanta durante unos breves segundos la sonrisa. Agotada por el trabajo me tumbaría delante de la chimenea encendida, sobre la moqueta roja del amplio salón, para escuchar, saboreándolo lentamente, como una copa de champán francés, el violín de Yehudi Menuhin, el maestro: como si me bebiera un lento filtro mágico antes de empezar a bregar con los hijos hambrientos, el marido impaciente por llevarme a la cama, la cena ritual alrededor de un televisor cansino al que ya nadie hace caso pero que tampoco nadie apaga. ….

Nada de eso pudo ser. Sin que yo me diera cuenta al principio, sin que nadie me advirtiera del peligro, mi vida se fue torciendo paulatinamente; me ocurrió como a esos árboles que en lugar de crecer hacia el cielo se inclinan, irremediablemente encorvados y cuyas ramas arañan la tierra sucia en una caricia estéril mientras esperan el inevitable batacazo final. Como ellos yo también asistí a mi propio derrumbe, incrédula al principio. Rendida al final, atrapada en una incomprensible telaraña mientras veía alejarse por el mundo a las más guapas, a las más esbeltas, a las más emprendedoras. Para ellas la vida a manos llenas, para mí el descalabro de mi cuerpo que no supo crecer, el fracaso de mi única esperanza amorosa, la mediocridad de una carrera inacabada, la amargura de los resentidos, la soledad de los parados…

2. Tempo di menuetto

Desembocamos en el escenario iluminado como si saliéramos de un túnel, y nos agrupamos en torno al piano, seguramente porque era el único punto de referencia en aquel espacio inmenso, como una palmera en medio del desierto, pensé. El pianista nos miró asustado, temiendo sin duda más por su vida que por la de su instrumento (¿era suyo el piano?); él no sabía bien si veníamos a reventar el concierto, a causar (como decía la prensa) destrozos irreparables en el mobiliario o a romperle la cara a todo el que se nos pusiera por delante; creo que se serenó al ver que no blandíamos bates de béisbol ni instrumentos contundentes y que entre nosotros había casi más mujeres que hombres. De la sala semi-oculta en la penumbra subía un rumor sordo y hostil y vi como estallaban los breves fogonazos de los fotógrafos. Traté de localizar al violinista, pero fue entonces cuando mis compañeros me empujaron hacia adelante para que leyera el comunicado : todo habría sido más fácil si hubiera habido un micrófono pero, al no tener hacia dónde dirigirme ni dónde agarrarme, sentí que me fallaban las piernas y me detuve mucho antes de llegar al proscenio; me volví y miré a mis compañeros que ya habían desplegado la pancarta. Aunque lo llevaba todo aprendido de memoria saqué las cuartillas: nada revolucionario por cierto. Éramos un movimiento apolítico y espontáneo. No queríamos minar las bases de la sociedad, ni poner en entredicho los principios del sistema que nos había engendrado. Ni siquiera pedíamos trabajo. Sólo exigíamos un subsidio extraordinario porque -decíamos- era justo que también nosotros participáramos en el festín navideño.

Un gobierno de izquierdas nos había desalojado a bastonazos del vestíbulo de un administración pública que teníamos ocupado (nuestros escasos efectivos no daban para más) y por eso habíamos pensado en organizar aquellas acciones-relámpago que nos darían, si conseguíamos al menos que la tele hablara de nosotros, la impresión de existir, aunque esa existencia fuera efímera. Con lo de interrumpir el concierto inaugural en el nuevo auditorio, sin embargo, yo no había estado de acuerdo, al principio, por respeto hacia el maestro cuya música era una de las pocas alegrías que la vida me había deparado de pequeña. Al final acepté porque no quise que mis compañeros pensaran que me identificaba con aquellos burgueses melómanos que habían pagado para escuchar al maestro (o quizás solo para figurar en la crónica social), el equivalente de varios meses de tabaco rubio o el valor de cincuenta filetes de ternera con su guarnición de patatas. Lo habíamos planeado todo con tanto entusiasmo que hasta llegamos a imaginarnos que el público me escucharía en medio de un silencio respetuoso y -¿por qué no?- emocionado. Nadie pensó que los abrigos de visón, las sortijas de brillantes, los foulards de cachemira, los guantes de cabritilla fueran capaces de un abucheo tan plebeyo como el que se escuchó en la sala cuando yo abrí la boca y empecé a leer mis cuartillas a gritos. Sin duda aquellos adinerados amantes de la música se sintieron indignados por lo que ellos consideraban una agresión inadmisible, un atentado a la pureza de esa querida suya que yo estaba ensuciando. ¿Cómo podía atreverse alguien a mancillar aquel templo recién inaugurado, a mezclar el hambre con el arte?

Los silbidos y el pataleo cubrieron por completo mi voz y yo pensé desazonada que allí empezaba a cocerse otro batacazo, uno más entre los muchos que habían jalonado mi pobre vida… se me saltaban las lágrimas y di un paso atrás casi dispuesta a salir corriendo para huir del escenario… Entonces sentí el dulce peso de un brazo sobre mis hombros derrotados. El maestro me empujaba suavemente hacia adelante; al llegar al borde del escenario explicó al público atónito, con voz suave y en un tono ligeramente burlón, que él no estaría en condiciones de tocar el violín aquella noche si antes ellos no escuchaban lo que yo -esta muchacha, dijo- tenía que decirles. El maestro alzó la mano con la que sostenía el violín para acallar el cuchicheo que pugnaba por subir desde el patio de butacas, me hizo una venia generosa y me dejó de nuevo frente a aquel público hostil. Pero esta vez nadie se atrevió a interrumpirme.

3. Finale amoroso

A Yehudi Menuhin se le han roto ayer las arterias del corazón en un Berlín desconocido y lejano, probablemente lluvioso y yo me siento más sola y más gorda, más inútil y más cansada que nunca. Me he pasado toda la mañana en la biblioteca municipal y he consultado todos los periódicos con la ilusión de que… pero no, ninguna crónica, ninguna noticia biográfica habla de aquel concierto de las Navidades del 97 que unos miserables parados interrumpieron torpemente, nadie recuerda ya que el maestro fue el único que supo darles la simpatía o la compasión que venían pidiendo y que cuando la muchacha gorda que había leído el panfleto y los parados que la acompañaban quisieron marcharse él no lo había permitido y les había rogado que se quedaran. Y ella se había sentado con sus compañeros al fondo del escenario y durante dos horas había escuchado, mareada por las luces y por la música, borracha de felicidad…

Gracias maestro.

 

Marzo 1999

Eduardo Jauralde
Sobre el autor

©2001

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