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El diluvio

Ninguno de los dos había visto jamás llover de esa manera. Antes de salir, Héctor se subió las solapas de la cazadora en un gesto instintivo e inútil. El gordo Belda miró aterrado hacia el cielo negro y sólo pudo ver la cascada de agua que iba a caer sobre ellos.

- Pero... ¿has visto como llueve?- exclamó el gordo desde el umbral de la puerta.

Héctor, calado hasta los tuétanos por los diez escasos segundos de exposición al temporal, lo miró con fijeza sin contestar y le hizo un gesto imperativo con la cabeza al gordo que obedeció la orden y salió a la intemperie cargado con el pesado cuerpo. Héctor bajó la persiana metálica de la planta baja, después se levantó y le hizo ademán a su compañero para que le siguiera. El gordo se acomodó con dificultad el cadáver enrollado en una manta sobre el hombro derecho, al hacerlo un brazo inerte cayó pendulante sobre su espalda, el gordo maldijo en voz alta e intentó colocar la blanda extremidad de nuevo bajo la manta, pero no pudo conseguirlo y echó a andar con aquella especie de pingajo marcándole el paso.

La lluvia continuaba y continuaba, sin tregua. Unas horas antes, al principio de la tormenta, había sido una lluvia fuerte, pero normal. El agua había caído en gruesas gotas y repiqueteaba sobre la tierra, en cambio, ahora, ya no se percibían gotas sino un chorro continuo de agua, una cortina descomunal que bajaba del cielo sin cesar. Héctor pensó que nunca había visto nada parecido y que, quizás, el gordo no tuvo tan mala idea al querer esperar a que escampara.

Caminaban por los límites difusos de la ciudad, allá donde el perfil rectangular de las fincas da paso a las ondulaciones de la tierra. Aquel era un barrio limítrofe, frontera entre el bullicio sordo de la ciudad y la monotonía inacabable de la huerta. Barrios brotados en poco tiempo, como malas hierbas en medio de la huerta, barrios de sonoros nombres: la Inmaculada, el Chaparral, la Tahona. Desde allí se divisaba una continuidad yerma de solares y casas derruidas y, más allá, campos y campos, algunos, abandonados, otros, tímidamente germinados. El culo del mundo, solía decir Héctor. Allí abrió él los ojos por primera vez y, desde que tuvo uso de razón, quiso salir de aquel agujero de chatarras y basuras abandonadas, de aquel nido de fracasados y resentidos, porque él no era ninguna de las dos cosas, todo lo contrario. Solía decirse a sí mismo que sólo le hacía falta una oportunidad, un golpe de suerte.

Las oscuras calles sin luz y sin asfaltar por las que caminaban (hasta aquella excrecencia segregada por la ciudad no llegaban los presupuestos), eran ya una fusión continua de charcos que, a cada paso, se parecían más a torrentes que bajaban de la parte alta del barrio. El gordo fue a parar al suelo con su carga al calcular mal la profundidad de un charco.

- ¡Joder! vamos a volver Héctor, esto es de locos.

Héctor contempló cómo a su acompañante se le había caído el muerto que yacía como un pelele en una turbia mezcla de aguas y barro.

- ¡Recógelo y sigamos!- exclamó Héctor.

- Te digo que es una locura, nos puede ver alguien.

Héctor miró al gordo con los ojos muy abiertos, como tratando de abarcar toda su estupidez. Ya de noche cerrada, y con aquel diluvio, ¿quién iba a salir a la calle mas que dos tipos que tenían que hacer desaparecer un cadáver? Además, sería muy fácil, tan sólo cruzar otro par de miserables callejas y se adentrarían en la monotonía de la huerta para buscar los cañaverales que ribereaban la acequia grande de Benimuslat.

- ¿Quién crees que va a estar fuera de casa una noche como ésta?

Mirando a su alrededor con aire bobalicón y no viendo a nadie que avalara su idea, el gordo Belda levantó del charco al muerto con cierta parsimonia resignada y se lo volvió a echar al hombro.

Caminaron pegados a la pared por callejas negras y estrechas con el agua hasta los tobillos. Llegaban hasta las esquinas y sólo entonces se atrevían a cruzar con mucho tiento porque cualquier socavón de los tantos que había en el barrio ahora era una laguna. Héctor caminaba detrás del gordo Belda, parapetado y protegido por su corpulencia, aún así apenas alcanzaba a ver, nublada la vista por las gotas de agua que sus párpados no podían achicar. Enseguida saltaron unos caballones abiertos para conducir el agua de riego y entraron en los campos. En esos momentos la tormenta ya había convertido los huertos en un descomunal pantano oscuro e inquietante. Héctor alzó la cabeza y con enorme dificultad logró divisar los cañas oscilantes por el viento que marcaban el curvo trazado de la acequia.

- ¿Para dónde? - preguntó el gordo Belda, con una pierna hundida casi hasta la rodilla en el barrizal.

- Hacia la acequia, donde el molino - contestó Héctor.

El gordo, mientras cargaba sobre su espalda, cada vez con mayor dificultad, el cuerpo deslabazado, pensó por un instante en los recuerdos que le traía el molino. Allí, en aquel edificio abandonado, vivieron él y Héctor tantas aventuras. Recordó los tiempos en que dominaban el barrio, sólo eran unos críos y sin embargo los tenían a todos en un puño, sí señor, siempre habían formado un gran equipo: Héctor la cabeza, naturalmente, y él la fuerza. Y así siguió durante mucho tiempo, los dos estaban compenetrados y se beneficiaban cada uno de las cualidades del otro. Es verdad que Héctor solía llevarse la mejor parte, tanto en los asuntos de dinero como en los de mujeres, pero si no hubiese sido por él, por su inteligencia ¿cuándo hubiera podido el gordo disfrutar de tantas cosas? En los últimos años nada había marchado bien, era una mala racha, como decía Héctor, quizás fuera porque había llegado gente nueva y muy curtida al barrio, o quizás porque Héctor estaba perdiendo facultades, lo cierto es que cada negocio se complicaba enormemente y si no basta recordar el asunto del estanco que le costó la cárcel, dos oscuros años sin Héctor, dos años solo, abandonado, olvidado.

Apenas deben haber trescientos metros hasta las ruinas del viejo molino por donde pasa la acequia grande, pero a ellos les parecen kilometros. A cada paso sus piernas se hunden en el barro más y más, la lluvia desafiando cualquier comprensión arrecia y les golpea brutalmente en el rostro, Héctor se protege tras el corpachón encorvado del gordo, pero aún así siente la cara abofeteada por el agua, le cuesta respirar, le cuesta ver donde pisa y empieza a pensar que no debieron haber salido. A lo mejor tenía razón la bola de grasa, a lo mejor tendría que haberle hecho caso por una vez, pero ahora no podían volver atrás, ahora tocaba terminar lo que habían ido a hacer.

Desde que arrancaron a caminar bajo aquel diluvio, Héctor recordó vagamente haber oído decir a su padre, entre borrachera y borrachera, que hubo una noche parecida a aquella, una noche en la que no paró de llover como si el cielo se hubiese desgarrado para soltar toda el agua que contenía. Recordaba haber oído a su padre hablar de inundaciones en toda la ciudad y que al desbordarse el río en Xeracella envió una ola de agua tan grande como un edificio de cuatro pisos que arrasó el molino y rompió contra el barrio llevándose todo por delante. Un escalofrío, que no provenía del frescor de la lluvia, le recorrió por dentro, era un calambre que conocía bien, era miedo. Miedo de la naturaleza, miedo de esas fuerzas a las que no podía enfrentarse, la lluvia, el agua inconmensurable llegando de todas partes, el viento silbando a su alrededor, y de las que el gordo no podía defenderle.

- ¡Date prisa, mierda! - gritó Héctor.

El gordo sintió más que oyó el grito detrás de él, pero no hizo caso porque harto tenía con intentar caminar sobre aquel lodazal. Se acordó de las noches de cárcel en la soledad de la celda, arrebujado en la áspera frazada, pensando por qué estaba allí dentro, mientras Héctor, el verdadero culpable, el instigador, seguía libre. ¿Qué sucedió en aquellos interrogatorios a los que los sometieron a los dos, qué pasó en aquel lío de palabras en el que se vio envuelto? Durante mucho tiempo no entendió por qué le sucedía semejante desgracia si hizo todo lo que dijo Héctor, ¿acaso Héctor le había engañado? No sentía ya su hombro derecho, tumefacto, de sostener el peso del muerto, que se le iba resbalando por la espalda. Le parecía que no avanzaba, que tenía las píernas encerradas y paralizadas en el barro como si fuera cemento, por primera vez en su vida sentía impotencia física. Por primera vez su enorme organismo se rendía, exhausto, hundiéndose cada vez más en aquel pantano. Tenía la sensación de ir sumergido en la tierra hasta el pecho de tanto como le costaba avanzar. Siempre sospechó que Hector había sido el responsable de que lo metieran en la carcel. Apenas alcanzaba a ver a través de la máscara de barro y agua pegada a la piel, pero una cosa sí veía clara en medio de aquel infierno húmedo, tuvo la seguridad de la delación de Hector, podía recordar todas las palabras, todos los hechos y encajaban unos con otros perfectamente, el puzzle de la traición se completaba.

De pronto el gordo pareció no poder avanzar más, su cuerpo se arqueó hacia atrás y dejó caer el cadaver justo a los pies de Héctor que no pudo esquivar el obstáculo y cayó también a la tierra, mezclándose con el muerto en el barro.

- ¡Imbécil! - exclamó Héctor, levantándose todo lo deprisa que podía.

No puedo más, fue la contestación del gordo, que había quedado sentado sobre sus talones, hundido en la pasta barrosa casi hasta la cintura.

- ¡Que gilipolleces dices!, no ves que estamos a unos metros de las cañas, la acequia está ahí mismo. - argumentó Héctor.

El gordo atisbó hacia delante y, sí, allí, frente a él, casi al alcance de la mano, estaban los cañaverales, la acequia, pero tal como se encontraba, esos metros eran miles de kilómetros. Por toda contestación levantó la cabeza y miró, por primera vez en su vida, con odio a Héctor. Este manoteaba en medio de la tormenta, igual que un muñeco grotesco, intentando convencer al gordo para que se levantase.

- ¡Venga, joder! Sólo un esfuerzo más y ya está. Luego volvemos, nos secamos y nos tomamos una buena cazalla, ¡venga!

Las palabras de Héctor, amortiguadas por la tormenta, le llegaban desde muy lejos, como si no fueran dirigidas a él, el gordo se limitó a mirarlo con odio. Héctor no percibió la vengativa mirada del gordo, que había sido una mirada densa, casi como un puñetazo. Aterrorizado por aquel diluvio incomprensible, había perdido su mejor cualidad, la de adivinar la intención de las personas en sus ojos. El viento azotaba su escuálido cuerpo, y si no fuera por el barro que lo mantenía pegado al suelo, daba la impresión de que hubiera podido salir volando. El frío y el agua ya no le permitían pensar con claridad, sólo deseaba arrojar aquel cadáver a las aguas pútridas de la acequia y escapar de allí.

Fue como debió ser el diluvio universal, según se cuenta en la Biblia, las aguas llegaron hasta los segundos pisos y se lo llevaron todo: muebles, árboles, animales, personas, todo... Las palabras de su padre contando la riada que vio de niño venían a golpear sus oídos. El se veía hablando, diciendo estupideces para intentar que el gordo se levantase, pero en su cabeza no resonaba mas que aquella historia lúgubre de inundación y ahogados. Sintió de pronto en el pecho la mordedura de una certeza, la certeza de que aquella noche iba a morir, él y el gordo iban a morir. Se acabaron las aventuras que habían vivido juntos, y terminarían justo en el lugar donde organizaron tantas fechorías, incluso esta última, aquel viejo molino destruido hacía una eternidad por una riada, la misma que un día recordó asustado su padre y que ahora rememoraba Héctor en su piel como si hubiera estado en aquella caótica noche de hace tantos años. Sin embargo un instinto fortísimo le obligaba a seguir, desde que urdió aquel asunto había pensado que era su gran oportunidad, la muerte de aquel tipo que el gordo había dejado sobre el lodo, iba a dejar el negocio entero del barrio en sus manos, incluso pudiera ser que el de La Inmaculada y el del Chaparral. Por fin la suerte daba la cara, la ruleta de la fortuna se paraba en su número, por eso había que seguir adelante. De pronto un pellizco de su instinto de supervivencia le hizo cambiar de opinión. ¡Que chorradas piensas, Héctor!, se dijo, y de repente la idea de morir se le apareció como una estupidez porque la gran oportunidad se encontraba a sólo unos metros de lluvia inconmensurable y de barro, soltar el lastre en las aguas turbulentas y a vivir. El gordo no se daba cuenta, por eso estaba allí, sentado en el barrizal como el gran tonto que era, pero tenía que conseguir que se moviese. Durante toda la vida había tenido que cargar con él, sacarlo adelante, el gordo no podría dar un paso sin mí, se decía, el pobre es tan inútil. Es verdad que en el pasado Héctor había intentado deshacerse del gordo en más de una ocasión, pero ahora no, ahora lo necesitaba y lo apreciaba, era como su mascota y debían estar juntos en todo, hasta el final.

- ¡Venga coño! Que no se diga que nos hemos rendido por cuatro gotas, ¡joder!

El gordo, por un impulso que le salía de muy atrás en el tiempo y de muy dentro de sus entrañas, empezó a levantarse con dificultad. Ahora ya no cargó el cadáver al hombro, se limitó a cogerlo de un pie y arrastrarlo con gran esfuerzo. El agua les llegaba cada vez más arriba, el gordo cuando logró erguirse y volvió a caminar sintió el nivel por encima de la rodilla, entonces pensó que el cadáver debía estar sumergido mientras él lo remolcaba. A lo mejor sólo llevo el zapato en la mano, se dijo para sí, porque no me pesa nada. Y la idea de que no arrastraba el cadáver, el pensamiento de que el cuerpo deshecho a puñaladas había quedado sumergido en el barrizal le dio fuerzas para continuar. El gordo sintió una claridad de ideas como nunca había tenido, los problemas siempre le resultaron jeroglíficos imposibles, Héctor se encargaba de resolverlos, pero ahora, por primera vez, pensaba por sí mismo. Había tenido que esperar a esta noche de perros para enfrentarse a la verdad que veía diafana ante él: Héctor siempre le utilizó y ahora volvía a hacerlo. Estaba clara la jugada: él, el gordo, había matado al tipo en la planta baja, ahora también lo estaba transportando, Héctor ni siquiera lo ha tocado, ¡claro, qué listo es!, nadie le podrá acusar de nada, yo lo he hecho todo, yo he cometido el crimen y yo hago desaparecer el cuerpo. Pero determinó que ésa sería la última vez que Héctor le engañaba, esta noche se acabaría todo.

Cuando llegaron a la altura del molino se adentraron hacia las inundadas ruinas y algunos de los pocos muros que quedaban en pie mitigaron el azote de la tormenta. Héctor nada más penetrar en el derruido recinto se arrimó al muro, apoyó la espalda en la pared y suspiró profundamente, por primera vez desde que salieron hacía un cuarto de hora podía respirar sin dificultad, podía abrir los ojos y mirar sin que un montón de agujas se le clavaran en el iris y le obligaran a cerrarlos. Vio a tan solo unos metros, donde terminaban los cascotes del viejo molino, el cauce de la acequia, que traía tanta agua que parecía que en cualquier momento iba a desbordar. En ese momento deseaba más que nada seguir descansando, cobijado por aquellas viejas piedras amigas, pero el horror a que se desbordase la acequia le hizo abandonar el exiguo refugio y seguir avanzando. Todavía tuvo un pequeño momento de respiro porque el cadáver se había atascado entre la multitud de cascotes acenagados y el gordo pugnaba por rescatarlo. Los ojos aterrorizados de Héctor iban de las manazas descomunales del gordo desalojando piedras para permitir el paso del cuerpo a la ribera de la acequia por la que ya comenzaban a desbordar las aguas a pequeñas oleadas, igual que pálpitos que gobernaba el corazón del río.

- ¡Date prisa, inútil! - Héctor acompañó el insulto al gordo de un golpe en el hombro.

El gordo lo miró otra vez con los ojos como navajas, sin embargo ahora Héctor percibió la metálica mirada, sintió su corte y un pequeño escalofrío en todo el cuerpo. Su mente tan fría y tan lúcida en otras ocasiones comenzaba a ser una confusión ingobernable: los ojos del gordo, ¿qué le pasa?, ¿por qué me mira así?, el agua que desborda, la gran ola que destruyó el molino y todo a su paso, los calambres en las piernas, el ruido, el furor de la tormenta. En ese instante el gordo desatascó el cadáver y siguió caminando hacia la acequia con un aplomo y una seguridad extraños, Héctor incapaz ya de actuar por sí mismo le siguió como un autómata.

En los escasos metros que los separaban de la acequia, el gordo hizo repaso mental de las ofensas que Héctor le había infligido. Pensó en los pobres juguetes que Héctor había disfrutado de niños, en el tirachinas que fabricó con tanto esmero y del que después se apropió el otro. Pensó en Teresa, el gordo la quería de verdad a Teresa, pero Héctor se la llevó para dejarla después tirada, como había hecho con todas las mujeres. Pensó en las noches interminables en la cárcel. Pensó en lo que había querido a Héctor y en el tamaño bestial de su traición, pensó y pensó y no encontró mas que una solución. Iba a hacer algo que llevaba rumiando mucho tiempo y para lo que no había encontrado valor suficiente. Sin embargo en esta noche de locura, llevado al límite de su resistencia, ejecutaría esa idea tanto tiempo sopesada, mataría a Héctor. Le sorprendía lo sencillo que iba a ser, sabía que Héctor no podía oponerle resistencia física y menos aquella noche. Veía a Héctor como a un pobre mequetrefe estupido que creía manejar los hilos cuando estaba a punto de morir.

Por fin llegaron a la orilla, el agua ya rebasaba los bordes cenagosos de la acequia y el gordo dejó el muerto a tan solo medio metro del agua. La acequia, colmada hasta el borde, emitía un enorme rugido que los ensordecía a los dos.

- ¡Venga! ¿Qué esperas? - gritó Héctor.

El gordo estaba de pie, erguido, sin que pareciera afectarle el vendaval de agua, mirando a Héctor con los mismos ojos de piedra de antes. Héctor volvió a gritarle con todas las fuerzas que le restaban, pero el gordo continuaba inmóvil, mirándolo. Héctor no adivinaba las intenciones del gordo, tan sólo retumbaban en su recuerdo las frases de su padre sobre la lluvia, la riada, sobre lo horrible que es morir ahogado, sobre la enorme ola que arrasó el barrio entero. Al borde de la histeria y mascullando insultos contra el gordo se agachó e intento arrastrar el cuerpo hacia el agua, empleó todas sus débiles fuerzas en hacerlo y, poco a poco, consiguió mover aquel amasijo de carne blando.

El gordo observó fríamente la escena durante un instante paladeando cada segundo del sufrimiento de Héctor, luego se agachó y lentamente rodeó con sus grandes manos el cuello de su hermano pequeño y comenzó a apretar, poco a poco, tomándoselo con calma. Héctor a punto de lanzar el cadáver a la acequia sintió de súbito la enorme tenaza en su garganta. Tardó un segundo en entender qué ocurría, pero en un fugaz instante interpretó todos los signos que aquella noche no había entendido, ofuscado por su miedo a la tormenta. Se debatió como pudo, manoteando y cogiendo las enormes garras de su hermano que tantas veces él había usado como armas. El gordo empujaba hacia el agua la cabeza de Héctor que sentía enrojecer su cara mientras boqueaba buscando algo de aire. En medio del estertor de su lucha estéril le pareció oir un sordo rumor, algo así como un ruido de motores acercándose. De pronto los dedos de su hermano aflojaron y al mismo tiempo oyó como el gordo emitía un gemido de terror, Héctor tan sólo alcanzó a girar un poco la cabeza sobre el barro para ver una incomprensible ola, tan grande como un edificio de cuatro pisos, que venía de la parte de Xeracella, de donde el río.

Pedro de la Horra Moreno

©2001

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