| Número: 17 |
El mundo del cuento
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El perro |
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Esperar, aguantar, esas eran sus opciones. A fin de cuentas, lo más importante de todo es estar vivo, se decía. Las cortas cadenas con dificultad le permitían, si acaso, rascarse los costados. Ahí estaba, sentado en ese cuartucho de apariencia abandonada, con sendos grilletes en las manos, incapaz de hacer mucho. Al menos le concedieron el derecho a beber unos tragos de agua y a tomar una escasa ración de una sustancia que sólo en estos casos podría ser considerada comida. Peor le iba a su —desde hace tres años— fiel compañero: un Mastín Español de pelo dorado con el vientre blancuzco al que llevaba siempre a todas partes. Lo compró cuando era apenas un cachorro, y desde entonces nunca se habían separado, ni en los momentos más difíciles como por ejemplo ahora. Por un tiempo recibió algo de comida al igual que su amo (que de hecho era la misma), pero un día, el privilegio del perro se redujo a tener un balde lleno de agua... y ni una migaja de nada más. Imposible compartir la comida con el chucho, porque ni siquiera se podía alimentar él solo con sus manos atadas: soportaba entonces la humillación de recibir la papilla en la boca, como un bebé bien portado. Luego de algún tiempo bajo las mismas condiciones, sus captores comenzaron un juego: cada cuando le embarraban cara, brazos y piernas con restos de carne podrida y sangre. La “broma” le pareció del peor gusto porque el olor era insoportable —sin contar el tufo de sus propias emanaciones corporales, siempre presentes— y más de una vez se vomitó sobre él mismo, lo cual empeoraba su mísera realidad. La tortura del hedor era cruel, pero pronto advirtió cuáles eran las verdaderas reglas del juego: el nuevo brillo en los ojos de su perro las reflejó letra por letra. Su querida y descomunal mascota tenía hambre. Y todo él, a pesar de ser quien lo paseó, le dio de comer y de cuando en cuando le proveía de generosas dosis de caricias, estaba convertido en una atractiva y casi inmóvil masa de carne. No obstante, la fidelidad por su dueño mantuvo al Mastín a raya... aunque —a juzgar por el espumarajo que le escurría cuando lo miraba— sin duda el fidelilómetro empezó a bajar su aguja. «¡Bah! A patadas nos entenderemos...», pensó. El animal, sin saberlo a conciencia sino con un tipo de programación instintiva, estaba al tanto de que el que yacía ahí sentado era el jefe, y se le respetaba, siempre, y a toda prueba... pero al mismo tiempo le pareció que este jefe en particular transgredía las características típicas que en conjunto indican que sigue siéndolo. La traducción de su pensamiento perruno a palabras humanas —si fuera posible— sería: «Huele a comida... es el amo... parece comida...». Dio un paso adelante, y oyó los gritos de rechazo y, sobre todo, vio blandir los amenazantes pies junto con algo en su mirada, algo que parecía odio, y entonces se echó. Tenía hambre. El hombre volteó a mirar sus cadenas y luego a la bestia que pesaba no menos de sesenta kilos, según recordó. Entonces comprendió la gravedad de las cosas y cuanto más grave se podría poner. Pensó que tendría que vigilar los movimientos de su potencial depredador siempre, o al menos, hasta que sus captores decidieran sacarlo de ahí. Y así lo hizo: cuando el perro se mostró demasiado curioso, fue rechazado con un tremendo puntapié que le recordaba la cada vez más difusa jerarquía de su amo.
Una enorme gota de baba cayó al suelo cerca de su pie, y un resoplido lo regresó. —Estoy... despierto... pinche perro— dijo, con voz ronca. La bestia gruñó y sus aguados labios temblaron sobre sus colmillos mientras gruesos goterones siguieron mojando la mazmorra. Estaba parado con las patas un poco dobladas, como un tigre oculto a punto de brincar sobre su presa, con la cabeza adelantada y las orejas hacia atrás. La espera del perro demostraba el mismo respeto que los buitres le rinden al animal herido que pronto morirá. En el hombre, la continua sucesión entre la conciencia y el sueño alienaba su mente, sus fuerzas por mantenerse despierto flaquearon, y ya ni siquiera podía sentir el sufrimiento y el terror a sus anchas. Le era imposible, por lo menos, pensar en algo sin mezclar conceptos reales con imaginarios. Pero entonces, entre sus desvaríos, brotó una luz de momentánea
pero intensa claridad: supo que el perro no era su peor enemigo, lo que
lo mataba era su estúpida lucha por la vigilia. «¡Sí,
eso es!» Tuvo deseos de carcajearse, pero no lo hizo y una gran
sonrisa le surcó la cara bajo sus enrojecidos y llorosos ojos.
La idea de aceptar el letargo que le caía encima como un camión
de basura sin frenos, le dio paz y alivio; un alivio que superaba por
mucho al que uno siente cuando, después de interminables segundos
de braceo, ya sin aliento, llega por fin a la superficie del agua dando
una gran y vivificante bocanada de aire. Si alguien le viera (con la cara
limpia, por supuesto) diría que era feliz. Y acto seguido, con
la profundidad más obscura y pesada del mar de los sueños,
se durmió. |
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Ricardo Canales© 2003 |
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