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El perro

Esperar, aguantar, esas eran sus opciones. A fin de cuentas, lo más importante de todo es estar vivo, se decía. Las cortas cadenas con dificultad le permitían, si acaso, rascarse los costados. Ahí estaba, sentado en ese cuartucho de apariencia abandonada, con sendos grilletes en las manos, incapaz de hacer mucho. Al menos le concedieron el derecho a beber unos tragos de agua y a tomar una escasa ración de una sustancia que sólo en estos casos podría ser considerada comida.

Peor le iba a su —desde hace tres años— fiel compañero: un Mastín Español de pelo dorado con el vientre blancuzco al que llevaba siempre a todas partes. Lo compró cuando era apenas un cachorro, y desde entonces nunca se habían separado, ni en los momentos más difíciles como por ejemplo ahora. Por un tiempo recibió algo de comida al igual que su amo (que de hecho era la misma), pero un día, el privilegio del perro se redujo a tener un balde lleno de agua... y ni una migaja de nada más. Imposible compartir la comida con el chucho, porque ni siquiera se podía alimentar él solo con sus manos atadas: soportaba entonces la humillación de recibir la papilla en la boca, como un bebé bien portado.

Luego de algún tiempo bajo las mismas condiciones, sus captores comenzaron un juego: cada cuando le embarraban cara, brazos y piernas con restos de carne podrida y sangre. La “broma” le pareció del peor gusto porque el olor era insoportable —sin contar el tufo de sus propias emanaciones corporales, siempre presentes— y más de una vez se vomitó sobre él mismo, lo cual empeoraba su mísera realidad. La tortura del hedor era cruel, pero pronto advirtió cuáles eran las verdaderas reglas del juego: el nuevo brillo en los ojos de su perro las reflejó letra por letra. Su querida y descomunal mascota tenía hambre. Y todo él, a pesar de ser quien lo paseó, le dio de comer y de cuando en cuando le proveía de generosas dosis de caricias, estaba convertido en una atractiva y casi inmóvil masa de carne. No obstante, la fidelidad por su dueño mantuvo al Mastín a raya... aunque —a juzgar por el espumarajo que le escurría cuando lo miraba— sin duda el fidelilómetro empezó a bajar su aguja. «¡Bah! A patadas nos entenderemos...», pensó.

El animal, sin saberlo a conciencia sino con un tipo de programación instintiva, estaba al tanto de que el que yacía ahí sentado era el jefe, y se le respetaba, siempre, y a toda prueba... pero al mismo tiempo le pareció que este jefe en particular transgredía las características típicas que en conjunto indican que sigue siéndolo. La traducción de su pensamiento perruno a palabras humanas —si fuera posible— sería: «Huele a comida... es el amo... parece comida...». Dio un paso adelante, y oyó los gritos de rechazo y, sobre todo, vio blandir los amenazantes pies junto con algo en su mirada, algo que parecía odio, y entonces se echó. Tenía hambre.

El hombre volteó a mirar sus cadenas y luego a la bestia que pesaba no menos de sesenta kilos, según recordó. Entonces comprendió la gravedad de las cosas y cuanto más grave se podría poner. Pensó que tendría que vigilar los movimientos de su potencial depredador siempre, o al menos, hasta que sus captores decidieran sacarlo de ahí. Y así lo hizo: cuando el perro se mostró demasiado curioso, fue rechazado con un tremendo puntapié que le recordaba la cada vez más difusa jerarquía de su amo.


Anocheció y amaneció.


El can tenía más hambre que nunca, y el hombre, más de dos días sin pegar un ojo. Aun con los ánimos desmoronados y con las muñecas llagadas por los grilletes, estaba decidido a aguantar esta prueba como las otras que ya había pasado. Pero conforme pasaron las horas, la pesadez de los párpados se hizo cada vez más difícil de resistir, por segundos se le quedaba pegado uno u otro de manera intermitente. El animal notó esta nueva fragilidad y en una oportunidad en la que el encadenado, sumergido en su sopor, no lo veía, se atrevió —no sin cierta timidez, recordando las patadas— a acercarse lo suficiente... y como gato que se roba el pollito de un niño, le dio un rápido mordisco en una de las pantorrillas. El hombre despertó en un grito y pataleó y maldijo todo lo que pudo. Inspeccionó la herida. El pedazo de pellejo y carne que pendía de su pierna izquierda lo asustó más de lo que en realidad le lastimaba. No pareció brotar mucha sangre de la herida y decidió no darle mayor importancia. Sin embargo, el incidente le dejó claro que dormir era su rendición, y que su vida dependía de la voluntad por mantener la vigilia. Y es que el episodio también le dio una certeza al perro: aquello que aún era su amo, no sólo olía a comida... era comida.


La cabeza le colgó una y otra vez y de inmediato corregía. La persistente modorra ya no le daba tregua. Se mordió con fuerza el labio inferior hasta que le escurrieron pequeños riachuelos de sangre; por momentos lograba cierto estado de alerta y luego, de nuevo la borrachera del sueño se imponía. En una de sus somnolientas ausencias, la cara del can se multiplicó dando vueltas a su alrededor, parecía un fantasma transparente que se desvanecía y en un momento regresaba. En su estado de ondulación mental le pareció extraño, pero un poco divertido poder cambiar de escenario casi a voluntad: se vio a sí mismo con su compañero entre la arboleda llena de colores a la que van a pasear los fines de semana, en una graciosa escena en donde no se sabe si el amo lleva al perro o el perro al amo; y de pronto, los colores se entremezclan convirtiéndose en una melena de ardientes llamas que rodean al ahora endemoniado perro, cuyos colmillos crecen conforme se abre el infernal y dislocado hocico, dispuesto a devorarlo entero...

Una enorme gota de baba cayó al suelo cerca de su pie, y un resoplido lo regresó.

—Estoy... despierto... pinche perro— dijo, con voz ronca.

La bestia gruñó y sus aguados labios temblaron sobre sus colmillos mientras gruesos goterones siguieron mojando la mazmorra. Estaba parado con las patas un poco dobladas, como un tigre oculto a punto de brincar sobre su presa, con la cabeza adelantada y las orejas hacia atrás. La espera del perro demostraba el mismo respeto que los buitres le rinden al animal herido que pronto morirá. En el hombre, la continua sucesión entre la conciencia y el sueño alienaba su mente, sus fuerzas por mantenerse despierto flaquearon, y ya ni siquiera podía sentir el sufrimiento y el terror a sus anchas. Le era imposible, por lo menos, pensar en algo sin mezclar conceptos reales con imaginarios.

Pero entonces, entre sus desvaríos, brotó una luz de momentánea pero intensa claridad: supo que el perro no era su peor enemigo, lo que lo mataba era su estúpida lucha por la vigilia. «¡Sí, eso es!» Tuvo deseos de carcajearse, pero no lo hizo y una gran sonrisa le surcó la cara bajo sus enrojecidos y llorosos ojos. La idea de aceptar el letargo que le caía encima como un camión de basura sin frenos, le dio paz y alivio; un alivio que superaba por mucho al que uno siente cuando, después de interminables segundos de braceo, ya sin aliento, llega por fin a la superficie del agua dando una gran y vivificante bocanada de aire. Si alguien le viera (con la cara limpia, por supuesto) diría que era feliz. Y acto seguido, con la profundidad más obscura y pesada del mar de los sueños, se durmió.

Ricardo Canales

© 2003

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