| Número: 16 |
El mundo del cuento
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La utopía del odio |
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Pero fue aquel vade retro letal, preciso, exacto y directo de Sara Calderón, hermosa para siempre bajo las nubes de todos los atardeceres, el que terminó por encender la hoguera contumaz, o mejor, dar lugar a la reacción en cadena, a la fisión nuclear de los elementos depositados en las entrañas misereres de aquel hombre, burócrata sin remedio, paria sin otra opción. El primero de los dieciocho libros, de seis capítulos cada uno, comenzaba con una oración irascible : “En principio, y como teorema que será piedra angular para la concepción de esta tesis, tenemos que el odio, en cualquiera de sus formas, es mucho más practicable que el amor, el cual por ser imperfecto y en la mayoría de los casos superfluo, tiende al desgaste y a la corrosión irremediable de sus hechos...” Hoy día que Jeremías Acurio es cadáver en una fosa común, que sacia el apetito de los gusanos, que no queda ni su recuerdo en aquella casa de beneficencia donde los vecinos no lo percibían por la agitada voluntad de su encierro, hoy día que el papel de sus ideas mecanografiadas se pierde en el olvido, en los botes de basura, hoy día que tantas cosas han pasado, hoy Jeremías Acurio constituye un número más en las estadísticas mortuorias: “El amor está condicionado a índoles diversas: a la vana atracción física, al compromiso maternal instintivo, a las circunstancias étnicas, ideológicas, a los propios éxitos sexuales de los individuos y a un sinnúmero de variables o la combinación de ellas. Ni el amor más sólido se encuentra exento a la erosión de los factores que se hallan siempre presentes en su desigual desarrollo.. El odio, por el contrario, sin mucho alimento, una vez impregnado en el alma, esparcido en las multitudes, silente según las circunstancias, puede transmitirse por generaciones ininterrumpidamente sin mermar ni decaer en su intensidad...”. Sara Calderón abrió los ojos, observó un segundo detrás de los espejuelos ridículos, descubrió la marca de la viruela a los cinco años, los labios abultados, la nariz imprecisa y la mano estirada portando una rosa sin significado y descubrió al tipejo infame confesándole en una absurda lección aprendida de memoria y de paporreta, el mayor amor de este mundo y no lo recordó jamás (ese jamás que resulta indefectiblemente eterno), y; de paso, le estampó sin misericordia la frase de una sola cuchillada, a la altura del pecho, por donde se siente que palpita el corazón: “Que tipo de demonio es éste. Parece un sapo escuerzo”. Y la rosa cayó al suelo sin que la mujer de cabellos de plata lo advirtiera nunca. Años más tarde, cuando se consideraba la eminencia del culto al odio, o se advertía como el oráculo de la inquina perpetua, esbozó la respuesta para superar aquel ridículo vespertino como una “mera necesidad fisiológica de carácter animal. Pues, se quiera o no, padecemos de la animalidad libidinosa de nuestros actos” La había espiado durante cuatro años y dos meses, desde que la vio aparecer de un edificio contiguo, mientras lidiaba con las rumas interminables de papeles sellados de su puesto como burócrata ancestral y a través de la ventana la observó arrastrando la cabellera plateada víctima de las travesuras del viento socarrón y la convirtió en la reina oficial de su consuetudinario onanismo nocturno: “Ante todo, el odio cabal tiene comienzo, pero no final y es allí donde se da el primer paso para limpiar la Tierra de las impurezas del hombre. Si el odio es odio, ( o el aborrecimiento es cabal); entonces la concepción no se realiza, las mujeres no gestan, y los hombres mueren a razón de ocho por día, según los entierros que, tengo conocimiento pleno , llegan diariamente al cementerio...” **** No había una sílaba, una palabra, una oración, un párrafo donde no esgrimiera su doctrina con efusividad. Se esgrimía cáustico y tajante: “Dentro de mí, reina la más legítima lástima por la comunión risible del hombre consigo mismo, que pretende amar tanto para engordarse el alma y a las finales, para darle de comer a la muerte, que espera sonriente siempre a la vuelta de cada esquina su banquete diario de huesos frescos...” Escribía de ocho a doce y de una a cinco. Su pensión de jubilado le llegaba por correo los fines de mes y con instrucciones precisas de ser arrojada por debajo de la puerta para no tener que verle la cara al mensajero. Criaba arañas en las paredes y gusanos blancos el patio. Comía una ración de cuatro panes y dos tazas de té al día. “Como mueren a razón de ocho por día y sin contar con la ayuda de las pestes usuales y de las guerras que casi siempre son inevitables, tenemos que faltan doscientos cincuenta y cinco años, con nueve meses y doce días, para su exterminio total. Lo que no es gran cantidad tiempo, considerando que para el odio, los años son apenas días sin sus noches...”
Y el aparato, inútil para él, innecesario en su organismo,
la pieza sobrante de su cuerpo, reservada quizás en otras épocas,
para la canícula de Sara Calderón, cuando todavía
se ayudaba a revivirla con las manos impetuosas. El aparato caduco jugándole
en contra. ¡Suerte de porquería!.¡El aparato que nunca
usó! Comenzó como un pequeño dolor, una comezón
simple, pero fue adquiriendo proporción, espesura, color y luego,
en un dolor que lo dividía en dos: del ombligo para arriba y del
ombligo para abajo. Sin embargo, la empresa nunca peligró. Por
el contrario, la ausencia del sueño durante las noches lo encaramaron
con mayor violencia sobre el armatoste metálico. “...y
he de verlos sucumbir. Muy tarde habrán caído en la cuenta
de que su inútil búsqueda de la utopía del amor los
ha vuelto débiles y todavía más mortales... entonces
la luz de mi pensamiento se ensalzará por sobre el sol, como un
eclipse eterno...”. No sentía ni el mero placer de orinar
y gradualmente percibía como el vientre se le hinchaba. La vejiga
voluptuosa. Los testes inflados. La escaldadura constante. El padecimiento
nocturno. Lo sacaron cuando el vecindario comenzó a asfixiarse con el inconfundible olor a nauseabundo que trae consigo la muerte. Derrumbaron la puerta, alumbraron con linternas, exploraron las habitaciones y lo hallaron muerto sobre la máquina de escribir, con el índice presionando todavía una tecla que no llegó a estrellarse en el papel. Había estallado en su sitio hacía tres noches, destruido por el dolor inmensurable de la próstata ennegrecida, mientras trajinaba en el primer capítulo del libro diecinueve: “ni el miserable dolor que por momentos contrae mi fortaleza, es capaz de sofocar la llama intensa de mi odio infinito por el hombre, por su obra, por su existencia misma...”. Antes de que llegara a la fosa común, varios meses después; los estudiantes habían seccionado su cuerpo en todas las partes inimaginables para el estudio de la senectud enfermiza, y el papel que contenía sus ideas retorcidas se deshacía en los basurales mezclados con las inmundicias de medio mundo y, con eso, no quedó ni sólo un rezago de él ni de los vericuetos oscuros que urdían la malicia de su mente errada.
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Carlos Enrique Freyre© 2003 |
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