| Número: 16 |
El mundo del cuento
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San Nicasio bebedor |
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El día que la revolución llegó al pueblo a lomos de un caballo, yo había sufrido la última humillación por parte de Don Telmo. Mis arreglos para bajar hasta Villa debieron de llegarle de la misma manera en que se enteraba de todo. De aquel café dependía mi futuro sentimental más inmediato, y cuando vi las pobladas cejas que hacían de alero al inmenso edificio de su cuerpo salir a mi encuentro, sentí que se me escapaba la última oportunidad de ennoviar con aquella maestra. Por razones que no me eran desconocidas había cogido una repentina e inmerecida fama de borracho y bullanguero. A menudo cuchicheaban a mis espaldas la cantinela del palo y la astilla, pero en la triste realidad yo era un tipo de lo más moderado. Ocurría que los contempladores de la zona, con su efecto multiplicador, me atribuían poco menos que el milagro del vino: al parecer, no me pregunten cómo, pedía y pagaba un vaso, pero me tomaba cuatro. —Me han traído un nuevo orujo blanco que es una delicia, ya verás —decía Don Telmo mientras subíamos las escaleras—. Sólo espero que no sea demasiado fuerte para ti. Su maravilloso licor resultó ser agua, y estoy seguro de que la había bendecido previamente. No recuerdo las veces que tronó aquel horrendo reloj de pared ni el tiempo que me retuvo en el salón de la rectoral. Supongo que siguió instruyéndome sobre los peligros del vino y sobre el rumbo equivocado que llevaba mi vida hasta haberse cerciorado de que ya no llegaría a tiempo de coger el único autobús que pasaba para Villa. Y ni un solo instante dejó de llenarme el vaso con aquel líquido insípido. Salí de allí bien purificado y con la certeza de que me quedaría soltero para siempre. Don Telmo era el último de una estirpe de curas absolutistas, verdaderos virreyes de poblaciones pequeñas y apartadas como Puentecielo. A menudo se vanagloriaba precisamente de eso, de ser único, "un superviviente de la ola de anticlericalismo e inmoralidad que contamina el mundo". No sé si eran sus descomunales dimensiones, su cavernosa voz, o aquel rostro ferozmente severo lo que atemorizaba a la gente, pero lo cierto es que nadie osaba llevarle la contraria; bueno, casi nadie. Llevaba allí poco más de dos años y ya se había adueñado por completo de la voluntad de los más ignorantes, que no eran pocos, para utilizarlos en su cruzada personal contra el vicio. Había conseguido reducir las fiestas del pueblo a los tradicionales actos litúrgicos y procesiones, pues consideraba las verbenas y sus "agarraos" como "una exhibición de la naturaleza libidinosa del hombre". Se había nombrado no sólo fiscal general de las actuaciones de los vecinos, sino también supervisor máximo de sus vestimentas. Cualquier asomo de color era considerado subversivo; tobillos y rodillas desaparecieron para siempre bajo los ropajes y, en el mercado de los jueves en Villa, empezó a criticarse la moda monacal de los puentecielenses. Don Telmo se negaba también en ocasiones a casar a parejas a las que consideraba impuras, que solían coincidir con los casos en los que la novia estaba de muy buen ver. Bajo la apariencia de un simple cura de pueblo se escondía un magistral manipulador de conciencias, un malabarista del miedo: el mismísimo taquillero de la salvación. El único que le hacía frente era mi padre, Nicasio, Casio el chigrero para los amigos. Cuando superaba la docena de copazos de sol y sombra alternaba su horroroso cancionero con las críticas más ácidas contra Don Telmo. Si lo veía pasar por la calle, salía como un tiro desde detrás de la barra y decía a gritos: —¡Atención, señores! ¡Por ahí va un viejo cuervo! Con el tiempo, la escasa clientela se había visto forzada a desarrollar una serie de técnicas de disimulo más o menos sofisticadas; los más valientes simplemente miraban para otra parte con gesto pensativo; otros se agachaban a recoger la caja de cerillas que siempre se caía en esos momentos y que parecían no poder levantar; y la mayoría corría al urinario para aliviar sus oportunas urgencias, formando alborotados atascos en la puerta. Pocos meses después de la llegada de Don Telmo al pueblo, mi padre decidió modificar, en contra de los consejos de sus incondicionales, el nombre de nuestro negocio. Celebró una especie de comedia de beatificación con una bacinilla y la escobilla del baño y ascendió aquella tienda-bar de Casa Nicasio a Casa San Nicasio. Pero sus constantes provocaciones nos estaban costando muy caras. El cuervo se había servido de su palabrería para convencer a medio pueblo de que el chigre era la mismísima morada del demonio y, mi padre, algo así como su embajador en Puentecielo. Las concurridas y violentas tertulias que se formaban a la caída del día y las ruidosas partidas de tute de los domingos habían dejado paso a un triste desfile de los escasos amigos que aún nos quedaban. Los más fieles eran "los doctores", que era como mi padre llamaba a la media docena de octogenarios de vuelta de todo que solían sestear sobre las mesas. Y fue aquel día, cuando me dirigía a casa con el estómago encharcado de agua bendita, maldiciendo a Don Telmo y lamentando hasta las lágrimas la ocasión perdida en Villa, cuando me adelantó aquel hombre montado a caballo. En muchos aspectos Puentecielo era una comunidad atrasada, pero hacía mucho tiempo que el automóvil había expulsado al último equino del pueblo. La estampa era novedosa, no sé, tenía algo de esos justicieros de las películas del oeste, con su barba de una semana, su piel acartonada por el sol, y el macuto bien colocado tras la silla. Enseguida se perdió tras unas casas, pero, poco después, al pasar junto a la vieja cuadra que tenemos junto al chigre, pude ver el brillo de los ojos del caballo y la luz palpitante de un cigarrillo sobre un montón de paja: mi padre le había dado alojamiento. —Se quedará poco tiempo, sólo está de paso —me dijo—. Pidió que le dejara dormir en la cuadra y eso no se le niega ni a los perros. —Es un tipo muy extraño —contesté—. Además, estaba fumando allí dentro. Todavía vamos a quemar todos con él. —¿Extraño? ¿Extraño, dices? ¿Y no es extraño un pueblo que se deja envenenar por un... cuervo? Prefiero echarme al monte con un caballo, como él, y que me consideren un chiflado, antes que contemplar un día tras otro a ese rebaño de cobardes pasar por delante de mi puerta. Mi padre tenía muy buen concepto de sí mismo; siempre
decía que de haber podido estudiar hubiese llegado a ministro.
No sé si tan lejos, pero debo reconocer que los mítines
que daba desde lo alto de la barra eran muy aplaudidos. Tenía la
sensación de que bastaba con que dos o tres personas plantaran
cara abiertamente a Don Telmo para que el resto del pueblo sacara la cabeza
del embozo, pero nadie quería ser el tonto que llevase el primer
bofetón. Si había algo que irritaba a Don Telmo el Domingo de Ramos era "que los vecinos convirtieran la casa del Señor en una selva", y por eso había fijado con precisión el tamaño máximo de los ramos: estos no debían ser mayores que un antebrazo, o mejor dicho, que su antebrazo. Era esperpéntico ver a toda la parroquia esperando para entrar en la iglesia con aquellos ridículos ramitos que apenas semejaban puñados de perejil. Pero nada de risas, nadie se lo tomaba a broma. El año pasado el cuervo había interrumpido la misa para bajar a partir en dos el ramo excesivo y exuberante de un despistado, que a punto estuvo de ser condenado a los infiernos allí mismo. De hecho, esa era su tortura favorita, abroncar a los pecadores delante de todos sus convecinos. El sermón del día resultó ser, con más o menos guarnición, el mismo de siempre. La doctrina de Don Telmo era tan ridícula como poco desarrollada; todo se reducía a llevar una vida a imagen y semejanza de los santos: "Ellos constituyen el modelo que debéis seguir para alcanzar la unión con Dios Nuestro Señor. Si ellos no bebían, no bebáis vosotros. Si ellos eran castos, huid del fornicio y los pecados de la carne...". Pero claro, ¿de qué santos hablaba? Al principio la gente no conocía otros que los que daban nombre a las fiestas de la zona, y, desde luego, no estaba al corriente de sus avatares biográficos. Ante tamaño desconocimiento, el cura había repartido generosamente por el pueblo diversos libros, sufragados por el cepillo obligatorio, que recogían la vida y milagros de algunos de los santos más mentados en los cagamentos. De paso, dejó caer sobre los receptores la amenaza de un examen final a la fecha de devolución. No es extraño pues que, a partir de entonces, Puentecielo se convirtiera en el pueblo más iluminado de las noches de la comarca. Con la madrugada bien avanzada se podía ver luz en las casas de los vecinos más hambrientos de conocimiento, que se afanaban por descubrir qué habían hecho Antonio, Pablo o Mateo para figurar en todos los calendarios. Algunos se sumergieron de tal modo en el aprendizaje que incluso decidieron pasar a la práctica. Así, corrieron rumores sobre Benito Anes, un dinamitero jubilado al que se atribuía la curación de una de sus gallinas a través de una especie de imposición de manos. En unos meses había pasado de figurar entre los seres más asilvestrados y vocingleros del lugar a portar un semblante reflexivo que, de no abrir la boca, le haría pasar por un sabio de la Grecia clásica. Y en esas estábamos, con el silogismo telmiano "si ellos... nosotros... entonces", cuando, ante el asombro general, se abrió la puerta de la iglesia y entró el extraño. No sé si causó más sorpresa que alguien interrumpiera la misa o que lo hiciera portando un "ramo" de eucalipto de al menos tres metros de altura. Entre los murmullos de la gente vino a sentarse en la última fila junto a nosotros, golpeando sin querer con aquella lanza una de las paredes y provocando una lluvia de trocitos de cal. Don Telmo primero enrojeció y luego ordenó silencio a voces; después continuó titubeante con su monserga. Sin embargo, no se atrevió a dedicar ni una sola palabra al forastero, y mucho menos a tronzarle el ramo. Había algo en la cara de aquel desconocido que aconsejaba tomar ciertas precauciones con él. No era un tipo convencional, y era de esperar que sus reacciones tampoco lo fueran. Mi padre lo contempló lleno de satisfacción; en aquellos momentos estoy seguro de que era feliz como no lo había sido desde la muerte de mi madre: había encontrado al santo al que emular. Durante el resto del día el incidente fue objeto de múltiples comentarios en todo el pueblo. Por la tarde el chigre registró un lleno inusual. La gente venía con la idea de ver más de cerca al temerario, pues a esas alturas todo el mundo sabía ya que se hospedaba en nuestro hotel. No sabíamos ni qué comía ni dónde pasaba todo el día, sólo que la luz de su cigarrillo volvía todas las noches. Debieron de transcurrir veinte o treinta cajetillas cuando, por fin,
llegó el día más esperado por mi padre. Se cumplía
un año desde la inauguración de la obra que iba a colocar
definitivamente a Puentecielo en la modernidad: el sistema de abastecimiento
público de agua. Quiero creer que fue casualidad, pero el caso es que apenas había comenzado a correr la sidra y a sonar la primera pieza cuando, en cuestión de segundos, empezó a caer uno de los mayores aguaceros que se recuerdan en Puentecielo. En un momento cesó la música y la gente se lanzó al húmedo rescate de empanadas y tortillas. Luego, unos huyeron hacia sus casas y muchos vinieron a refugiarse al chigre. Llegaban salpicando y corriendo en posición encorvada, como si agachándose fueran a impedir que el agua les alcanzase. La figura del cuervo, henchido de satisfacción, era ahora perfectamente visible en la galería. Incluso me pareció oír el eco de sus carcajadas bajo el crepitar de la lluvia. Mi padre intentó que la fiesta no decayera y sacó de la trastienda unas botellas del vino artesanal que utilizaba para combatir los peores ataques de melancolía. —Esto va de mi cuenta, en honor a San Nicasio —dijo. La gente, sin embargo, no parecía estar muy animada; sólo la lluvia inmisericorde los mantenía allí. Pero el vino comenzó a circular poco a poco, casi con desgana. Justo cuando mi padre se estaba encaramando a la barra para avergonzarnos con una de sus espantosas canciones, sonó la campanilla de la puerta y entró nuestro huésped completamente empapado. Llevaba puesto un viejo abrigo que le llegaba hasta la mitad del muslo y un sombrero de pescador que desentonaba claramente con el resto del conjunto. Desde luego, sus ropas parecían regaladas o robadas más que compradas con cierta intención. Estaba pingando, y enseguida se formó un pequeño charco a su alrededor. —Pase, hombre, tómese un vino revoltoso de estos, que la casa invita. Que no nos vea el cuervo amargados —dijo mi padre, al que tan sólo le faltaban unos sorbos para perder la poca diplomacia que tenía. El hombre se acercó a la barra, cogió su vaso de vino y fue a sentarse en la pequeña mesa en la que el panadero solía dejar los encargos. Ni siquiera se quitó la ropa mojada, ni retiró los restos de harina de la mesa; se limitó a escrutar el vino, como si buscase algo en su interior. Un hilillo de agua caía directamente de su sombrero al vaso. Levantó levemente la cabeza para mirar al personal y rápidamente todas aquellas narices encendidas apuntaron en otra dirección. Esta vez no hubo nadie que pudiera evitarlo; desde lo más alto de la barra empezó a escucharse: "Pa que no nos llamen vagos, Y en el momento en que el solista levantaba su vaso para lanzar sus vivas y mueras habituales, se abrió la puerta con gran estruendo y entró Don Telmo. El cuervo nunca había puesto los pies en el chigre desde su llegada al pueblo. Algo raro debía de haber ocurrido para que se atreviese a hacerlo en un día como aquel, con un buen número de puentecielenses envalentonados por el vino. —¿Quién ha sacado las imágenes de la iglesia! ¿Quién! —gritó fuera de sí enfurecido. Parecía haberse arrojado vestido a una piscina. Al subir a la iglesia me he encontrado las imágenes bajo la lluvia en medio del prado. Tendremos suerte si no se estropean y ... ¡Quiero saber inmediatamente quién es el responsable de esta profanación! Los efectos del vino parecieron desaparecer y las miradas se clavaron en lugares inexplorados hasta entonces. Nadie se atrevía a mirar a Don Telmo a la cara en aquellas circunstancias, y mucho menos a decir algo. Entonces escuché por primera y única vez la voz del extraño. Sin levantar la vista de las profundidades de su vaso, con tranquilidad, dijo lacónicamente: —Si nosotros nos mojamos, ellos también. Hubo un momento de pánico y hasta la lluvia pareció dejar de escucharse. El cura se quedó allí de pie, mirando al forastero con gesto estólido. Y entonces, desde detrás de la barra, surgió una risa, primero contenida, luego desatada y, finalmente, enfermiza. Al momento se oyó otra, y luego otra, y otra más. En mi vida, ni aún hoy, he visto a nadie reír de aquella manera. Unos caían de rodillas sujetándose la barriga con las manos, como envenenados de risa; otros se retorcían, lloraban y emitían agónicos gemidos; y los menos acostumbrados, simplemente, tan sólo acertaban a abrir la boca para decir entre soplidos: —¡Ay!... ¡Ay, Dios mío! Eran unos famélicos de risa dándose un festín. No recuerdo haber visto salir a Don Telmo; sólo sé que desde aquel día las cosas empezaron a cambiar en Puentecielo. Con la llegada del otoño el cuervo voló hacia un nuevo destino y el pueblo comenzó a recuperar poco a poco sus pecados. En cuanto al justiciero, nadie volvió a verlo nunca más,
pero todos los viernes brindamos en su honor con aquel vino cantarín. |
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Benjamín Alvarez© 2003 |
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