| Número: 14 |
El mundo del cuento
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Claustrofobia |
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Siento mis ojos cegados por el negro velo de la muerte y el alma quebrada por la soledad infinita que nos provoca su profundo sueño. El silencio anega mis oídos y reverbera en el interior de mi cabeza creándome una extraña sensación de vacío. Los muertos no sienten el miedo... Por eso, porque están muertos.
Yo, sin embargo, estoy asustado y esto me aterra. Quiero moverme y no
puedo, paredes invisibles se cierran a mi alrededor y no me permiten más
que pequeños e imprecisos movimientos encaminados a palpar mi cuerpo
desnudo; ni vestido me enterraron. He perdido el sentido de la orientación
en la oscuridad absoluta, y con él, el pedregoso sendero que lleva
a los difuntos hacia su última morada. Mi piel transpira, siento
el bochorno de la pegajosa humedad abrasarme el cuerpo. ¡Dios mío!
Los muertos no sudan. Quiero hablar, llamar, gritar que estoy vivo, que
me inhumaron cuando aún el alma era prisionera de la cárcel
de mi carne y de mis huesos; pero las palabras se me enredan, se trompican
unas con otras y no alcanzo a emitir más que un sordo murmullo.
Lloro. Las lágrimas lubrican mis labios sellados por el terror,
pero mi lengua yace en la boca como un gusano muerto en su madriguera.
No hay para mí esperanzas. Sigo llorando en silencio, aunque sé
que no debo. Tengo que mantener la calma, pues con el nerviosismo aumenta
el ritmo respiratorio y tengo tanta vida como oxígeno me queda;
sinceramente, ya no sé lo que quiero... Creo que preferiría
estar muerto, pero muerto de verdad. Ha sido Don Ernesto; ese cabrón de Don Ernesto. Siempre le gustó
humillarme en la oficina, le hacía sentirse superior, más
importante, más jefe: Paco, vete por los cafés; Paco, cuantas
veces tengo que decirte que esto no se hace así; Paco, lo siento
pero no puedes coger las vacaciones en la fecha en que lo solicitaste;
Paco, no voy a poder dar buenos informes de ti; Paco... Lo último que recuerdo es el tintineo de sus llaves tras la puerta
y el sonido seco de la cerradura girando... Clack. No puedo memorizar
más allá de ese “clack” por mucho que lo intento,
pero no tiene demasiada importancia, porque tampoco me hace falta más
para imaginar qué fue lo que después ocurrió. Ya casi no puedo respirar, el aire se ha hecho espeso y se me agarra a la garganta, lo siento amargo en mi boca. Creo que ya muero porque oigo un susurro en mis oídos; me llama, me dice Paco... Es la voz de Dios sin duda, pero su tono suena femenino. Dios es mujer; esto hace que me sienta mejor, sin miedo, más confiado. Vuelve a llamarme por mi nombre, cada vez estoy más cerca, cada vez la escucho más claro. Paco... ya puedes salir del armario... Ernesto se ha marchado.
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Federico Jiménez Frasca©2002 |
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