| Número: 11 |
El mundo del cuento
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Jefe |
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Se llamaba Gerardo, pero respondía al nombre de Gerard o Geralt, con un deje muy suave. Había nacido en no sé que pueblo de la sierra. Hablaba mucho de caza. Demasiado. Yo le llamaba Jefe, en parte, porque no estaba para tonterías de aldeanos y gilipolleces sobre los orígenes de la tierra y, en parte, porque era así: era el jefe de personal de la factoría. Nadie importante; ni siquiera bien pagado. Era un tipo que le gustaba joder a los demás, aunque sabía hacerse el amable cuando quería. Pienso que fue en un lapso de cortesía, cuando acepté. El otro declinó la invitación y puso como excusa a su novia. Continuó engrasando la máquina y silbando, una y otra vez, la misma melodía. A mediados de semana acordamos el encuentro: pasaría por su casa el sábado, tan pronto como amaneciera. Cogeríamos su coche y nos turnaríamos para conducir. El último tramo lo haría él, habían dos o tres cruces muy parecidos y algo enrevesados que eran fáciles de confundir. Estuve de acuerdo. El día en cuestión amaneció nublado y frío. Me puse unos téjanos, camisa y cazadora. Calzaba botas de cuero. Cogí un jersey, por si acaso. A la hora convenida llamé al timbre. Abrió él mismo. La mujer estaba aún durmiendo. Me tomé un café y comí un bollo. Nos metimos en el en el Simca: era viejo pero el motor sonaba impecable. El Jefe desplegó un mapa y lo apoyó en las rodillas. Salimos de la ciudad sin problemas y tomé la autopista. Él hablaba de caza. Tuve la sensación de que no sabía hablar de nada más. Caza y tiempo. No lo sacabas de esas dos cosas. Me contó un montón de formas de hostigar a los conejos, cervatillos y otros bichos. Le dije que no pensaba llevarme a casa ninguna pieza, que no estaba para despellejar a un animal en la cocina y salpicar las baldosas de sangre. Además, estas cosas me dan mucho asco. Sonrió y me miró por encima de las gafas. Consultó el plano. Se frotó con fuerza el hueso de la nariz y cerró los ojos, como si realmente estuviese pensando en solucionar algún problema. Puso la radio y buscó una emisora de deportes. Escuchamos con atención a mí me importaba un bledo la clasificación de la liga de fútbol y la lista de goleadores. El locutor se aplicó a fondo con los árbitros. Gerard o Geralt o como coño que le gustase que le llamasen movió el dial arriba y abajo hasta que, por los altavoces, escuchamos una voz ronca, contando la porquería de boxeador que es Mike Tyson. Otro tertuliano, recordó con cariño, el combate de Kinshasa. Nos salimos en el quinto desvío y conduje durante dos horas, bordeando la costa. Nos detuvimos a comer. Aparqué junto a un enorme camión de dieciséis ruedas. El local estaba atestado y las camareras iban como locas, perseguidas por el constante vocerío. Pedimos un bocadillo en la barra y nos sentamos en unos destartalados taburetes de madera. Tomamos café y coñac. Continué al volante, por la nacional que llevaba al interior. Cruzamos diversos pueblos. La carretera se estrechaba por momentos y las curvas eran continuas. El Jefe estaba callado, escudriñando el mapa con su índice. Yo escuchaba la tertulia. Una voz indefinida se alzó en contra de los combates. Del verde oscuro de los pastizales pasamos a terrenos abruptos, grises, sin un árbol; luego se tornaron arcillosos y ocres y, más tarde, volvió el verde de los prados, con ganado mugiendo y casas valladas en el horizonte. Perdimos la emisora. El Jefe manoseó de nuevo el dial. Encontró música de los 40. Me invitó a un cigarrillo. A los pocos kilómetros nos cambiamos de asiento. Refrescó. Subimos las ventanillas. La carretera estaba en mal estado y el Jefe, sin acierto, trataba de evitar los socavones. Dijo que era un atajo, que habían abierto un nuevo camino pero estaba muy lejos y daba un rodeo por no sé dónde. Luego me habló de armas.
El sobrino llegó de inmediato y entramos. El recibidor era exageradamente grande, sobrecargado de cuadros y trofeos. Se oía música. El tipo de la gorra se despidió: tenia el rostro rojo y los dientes feísimos. Sobre un arcón había tres escopetas de ánima rayada, según dijo y dos pistolas. Eran las seis. Nos sentamos en una mesa, larga, y el sobrino sacó jamón y aguardiente. Apenas dimos bocado pero fuimos a la bodega un montón de veces. Bebimos mucho; demasiado. Empezamos a reír por cualquier cosa, un eructo por ejemplo. Realmente nos volvimos locos. Cuando salimos, tambaleándonos, era de noche y apenas había estrellas y se escuchaban grillos y chicharras y algún que otro búho. Antes de llegar a la camioneta, el Jefe vomitó. Nosotros nos reíamos a carcajadas, apoyados el uno en el otro. Después, Geralt y yo, subimos a la parte trasera del vehículo. El sobrino, como pudo, se sentó al volante, puso el motor en marcha y arrancó. Durante un buen trecho, el sobrino no puso las luces, ni siquiera las de posición. De vez en cuando, con una linterna, rastreaba entre las matas. Nada. El Jefe y yo botábamos a cada bache y apenas podíamos sostener las armas. El camino era intransitable. Los árboles se abalanzaban sobre nosotros. Desde la cabina escuchamos un aullido. Se accionó el renglón de focos: recuerdo haber visto un riachuelo y un enorme chopo y una liebre, moviendo las orejas en todos los sentidos y olfateando el aire. Se quedó quieta, mirándonos con sus ojos rojos. Empezamos a disparar. No utilicé la escopeta; de la boca de la pistola surgían fogonazos violetas, amarillos y naranjas. Miles de pájaros salieron de sus nidos y empezaron a volar en circulo. Por la ventanilla, la escopeta del sobrino escupía al cielo mientras el Jefe aullaba y apuntaba a las piedras. Le apestaba el aliento. Entre disparo y disparo existían oleadas de silencio. La liebre me miraba con mucha atención. Fue entonces cuando recordé a una chica de la escuela: tenia el pelo largo y rojizo y se peinaba con cola. Tenia la piel muy blanca y llena de pecas. Era guapísima. Iba a otra clase. Se llamaba Gloria y volvíamos a casa cogidos de la mano. Cuando abandonó el colegio me pasé la mayor parte del tiempo merodeando por los alrededores de su casa; la vi un par de veces. Estaba preciosa. Me hubiese gustado tener tiempo y acariciarla. Y me pregunté que coño estaba haciendo allí, con aquellos dos chalados. Al fin y al cabo, cada cual defiende su pequeño mundo; comprendí que, poco a poco, nos separamos de las cosas que más queremos, y que todo está muy separado entre sí y, que la intimidad es algo muy lejano. Se me humedecieron los ojos. No podía permitirme ese lujo. Cambié el cargador y continué disparando.
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Bob T. Morrison©2001 |
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