| Número: 11 |
El mundo del cuento
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Dedicatoria |
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Con manos casi temblorosas abrió el libro. La esperanza de un milagro se desvaneció. Intempestivamente un aluvión de recuerdos se plantó frente a ella, su garganta se llenó de lágrimas y en sus ojos se dibujó una ola de tristeza. Sin quererlo, dejó caer el libro en la mesa, de la misma manera que lo había hecho años atrás, sin embargo, en esta ocasión no había necesitado leer la dedicatoria. El recuerdo de aquella tarde, de esas tristes líneas con las que él le dedicó el libro eran suficientes. Ahora veía todo con la tranquilidad proporcionada por los años transcurridos, y era muy claro que ninguno de los dos debía culparse por aquellos días difíciles que desembocaron en el inevitable rompimiento. Sin embargo, esas palabras, escritas por un alma entristecida, dirigidas a otra alma entristecida, resonaban fuerte en su corazón cada vez que las recordaba. Cuando percibió el aroma de la flor, se detuvo y se acercó a la maceta. De inmediato una gran alegría se apoderó de su corazón. Aquél rosal que durante meses pareció muerto ha retoñado. No puede dejar de pensar en todas las ocasiones que estuvo a punto de arrojarlo a la basura. Sólo la negligencia de todos ellos y las innumerables preocupaciones de las últimas semanas lo han salvado. El perfume estalla como una bofetada en su conciencia y despertando de un largo sueño, se sorprende al comprobar que han sido cientos de veces las que ha pasado junto a la repisa, sin darse cuenta del inesperado renacimiento. Decenas de hojitas han brotado del tallo y la pequeña flor, tímidamente ha abierto sus pétalos, insinuando sus colores, como para animar al otro botón, más grande, que temeroso duda unos centímetros arriba. Después de varios minutos se retira de la ventana. Una radiante tranquilidad se ha pintado en su rostro. Lo sabe bien, ahora puede volver, ya no tiene temor. Presiente que esos colores, esos aromas, van a su lado. Una mano apretó su hombro. Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo, sólo por un instante. Dos miradas que se encuentran y sin palabras se lo dicen todo. Allí estaba él, como siempre que lo necesitaba, el hombre con quien compartía su vida y su felicidad. No podía dejar de sentirse afortunada con su destino, sin embargo siempre le había dado miedo preguntarle a esos ojos que le miraban con ternura, si esas frases terribles en el libro le seguían conmoviendo como el primer día, cuando las escribió. |
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Rocío Acuña Sará©2001 |
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