| Número: 7 |
El mundo del cuento
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A puertas cerradas |
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"Mi vida es como si me golpeasen con ella" La música se desparramaba por la habitación, "I'm addicted to your heart" rezaba el estribillo. Se levantó pesadamente y miró por el ventanal de vidrio fijo. La vista era abierta y estaba atardeciendo, un halo rosa se apoyaba sobre el horizonte anticipando otro día como ése, de tanto calor. Sintió una gota de sudor recorriéndole la espalda. Desde que había llegado esa tarde al campo, había permanecido tirado en la cama sin poder dejar de repasar obsesivamente la escena del día anterior en el departamento con su hijo Julián diciéndole "papá, Nuria va a quedarse a dormir conmigo" y "no te preocupes que se va a ir antes que vos vuelvas del campo" y recordó también la inscripción que Julián llevaba en la remera "TAKE IT EASY" en letras grandes como un cartel luminoso. Ahora ahí, arrojado y mirando al cielorraso que ya conocía de memoria, con una mancha amarronada asomando por uno de los vértices, recordó a su primera novia y cómo un día, inexpertos los dos decidieron hacer el amor. Aunque por más que se esforzó no pudo siquiera dibujar el contorno de la cara de esa chica o el color de su pelo, y además empezaba a molestarle el sentimiento de incomodidad que arrastraba desde aquél diálogo con Julián. Buscó verse reflejado por el ventanal atardecido. El campo provocaba en él un sentimiento de dominio sobre las cosas, sobre un pequeño universo. Sin embargo se preguntó dónde habría guardado todo lo que leyendo, había aprendido de otras vidas. Porque los libros anticipan aquello que puede pasarte, aquello que nadie, absolutamente nadie que profese cierto amor por vos va a decirte, porque el amor suele ser incompatible con la lucidez. O la verdad. Y desde que Carla lo había dejado, o él había dejado de mirar a Carla hasta perderla, su vida había desvariado hasta algunos fines de semana donde elegía el campo como una forma de parar de hacer imbecilidades, y en esos casos, la soledad resultaba su aliada, hasta hoy, donde algo de lo planeado no estaba dando resultado porque se sorprendió pensando en Carla. "Qué boludo soy, no voy a llorar" dijo, y se levantó hasta el baño y prendió la luz enfrentado al espejo. Se tocó el pelo con las manos abiertas acercándose a su imagen, hasta quedar casi colgado sobre el lavatorio. Estaba más canoso. Apoyó las dos manos sobre esa imagen que le volvía como una instantánea implacable y salió apagando la luz. Se detuvo en la puerta recostándose sobre el marco. "Es Carla lo que me pasa" murmuró y tuvo cierta compasión de sí mismo. Recordó los comienzos de ese amor cómplice, atrevido, unido por ideales intelectuales o bohemios. Recordó a Carla en jeans, los pelos rojizos siempre despeinados o rebeldes, aclaraba ella, y esa sonrisa impecable que lo había enamorado. Y renglón seguido, recordó también la manera en que ella se había ido, lentamente y sin escándalos. Mas bien con los dos envueltos en esa incómoda tranquilidad que dan los años de convivencia irresoluta. Y como él no era de tomar decisiones, porque no le gustaba perder, fue Carla la que lo esperó ese día con la valija hecha y parada a un costado de la cama. Y él se sorprendió sí claro, así como lo había sorprendido Julián al anunciarle que dormiría con su chica. Tuvo que admitir que eso le había pasado toda su vida, que de pronto, lo que el otro venía a decirle dejaba al descubierto su capacidad de negación. Por eso, más que entristecerlo, le molestó que Carla lo dejara. Porque como ahora, lo obligaba a vérselas con la desdicha. No volvió a la habitación del ventanal, fue hasta el comedor y se sirvió un whisky, metió hielo y jugó con él, revolviéndolo con el dedo. Pensó en Julián con su enamorada en el departamento y pensó, que al comedor también le faltaba Carla. Ella solía renovar las fotos de los portarretratos además de inundar con flores cada hueco que encontrara por ahí. Siempre peleaban por eso, porque el aroma a flores lo hacía estornudar indefectiblemente. "Qué obvios somos los humanos", se dijo y ansió recordar esa frase que tenía señalada en el libro de Tabucci y que en ciertos momentos lo había reconfortado. Fue hasta su vieja biblioteca, buscó el libro y leyó en voz alta, "La limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la valoración de la vida", con el libro en una mano y el whisky en la otra y se sonrió pensando que quizá, ya estuviese borracho. Después buscó la guía telefónica. Le costó encontrarla en ese orden ficticio que mantenía la esposa del puestero y al que también le había costado acostumbrarse. Por fin dio con la guía y deslizó el dedo hasta Fernández Lecouma, Carla. Recordaba perfectamente el número pero quiso verlo escrito, porque eso mismo había hecho intentando conquistarla. En ese entonces Carla se ubicaba en la serie de cualquier mujer que podía ver en la calle, en un bar o en el subte y provocarle cierta incontinencia verbal. Sin embargo, en el tiempo siguiente y por cualquier discusión inútil, no podía evitar pensar que ella no entendía nada de nada y que quizá las chicas ajenas o solas entendieran y hasta estarían encantadas de tener a su lado un tipo así. Pero una vez que Carla lo dejó y él empezó a salir con diosymaríasantísima la disyunción estaba exactamente en el mismo lugar, sólo que nuevamente Carla se ingresaba en la serie y lo que era peor, podría ingresarse a la serie de cualquier otro, y de sólo pensarlo, de sólo imaginar a Carla desnuda con otro se le hundió el estómago. Literalmente se le hundió el estómago e hizo un gesto de tocarse, pensando que arruinaría más su estado si se dejaba llevar por sus habituales somatizaciones. Dejó el whisky a un lado y miró por enésima vez el número estampado en la guía. Discó y seguidamente escuchó el sonido típico que anuncia que en cualquier momento pueden atender. "Qué estoy haciendo", dijo para sí, pero no le dio tiempo a nada la voz cantarina desde el otro lado. "Sí, hable". En eso no había cambiado, en la manera de atender el teléfono y en instarlo a que se decida. - Carla, soy Patricio. Ni me preguntes por qué te llamo pero la verdad es que me acordaba de vos y por eso. - Si seguís sin saber el porqué de las cosas, entonces sos Patricio y no me están mintiendo. Esa socarronada le hizo pensar por un segundo en colgar el auricular, pero en cambio dijo, "Si me vas a joder por haberme lanzado a llamarte como Tarzán a Jane". Y dejó así como la frase incompleta para que ella pudiera decir algo, al menos consolarlo en su estupidez. Pero del otro lado sólo hubo silencio. Así que como otras veces él se vio obligado mientras se servía otro whisky para darse coraje. - ¿Estás sola?. - Uf, desde que nací casi - respondió la voz cantarina, ahora ironizada. - No te pongas filosófica porque te pierdo el rastro. - Hace unos cuantos meses me lo perdiste. - Carla, si ya me conocés, tardo en reaccionar. - Okey, okey hagamos de cuenta que es un detalle, que hace tres meses tu mujer se fue de la casa y entonces hoy la llamás porque quisieras saber a qué se debió. "Porqué las mujeres tienen esa increíble habilidad de meterte el dedo en el culo", pensó, pero no iba a decírselo porque en otros tiempos, esa misma frase podía llegar a desencadenar no una pelea furibunda porque ellos nunca las habían tenido, pero sí una cortés indiferencia que podía durar días. Ella no dijo nada más, y en cambio, volvió a hacer silencio. Un silencio que lo hizo sentir un imbécil, el más imbécil de todos. Miró el teléfono ya cuando el auricular estuvo en su lugar y escuchó que alguien golpeaba las manos afuera, así como suele hacerse en el campo porque no hay timbre. Pero fue como si le aplaudieran adentro de la cabeza. Escuchó que Raimundo el puestero gritaba desde afuera que iba por leña para el asado. Ahí salió con las llaves del auto en la mano y le gritó a Raimundo que se iba hasta el pueblo y que se olvidara del asado. El perro le saltó un poco sobre sus piernas antes de subir al auto y arrancar. Una vez en al camino de tierra se le hizo claro que Carla estaba en otra y eso, no llegaba a darse cuenta si lo aliviaba o lo volvía loco o las dos cosas juntas en un cóctel insoportable. Las luces del pueblo a lo lejos, le indicaron cierto horizonte anunciándole que estaba ahí nomás y ahí nomás al alcance estaría Leonor, esperándolo desde atrás de la barra del único bar con que contaba el pueblo y en el que a veces inclusive, se encontraba con Raimundo. Cuando bajó otro perro lo husmeó y de un tranco había franqueado la puerta. Ahí estaba nomás Leonor, quizás porque en los pueblos las costumbres no cambian, baja y oscura, las tetas apoyadas perfectamente sobre el mostrador y esa sonrisa entre infantil y vivida. "Qué dice mi chico rico", era su recibimiento habitual. "Leonor hoy es sin intervalos. No me importa si tenés alguna otra cosa que hacer. La vida se ensañó conmigo hasta hacerme ver las estrellas". Todo eso lo recitó semi arrojado sobre la barra del bar, mirando de costado a Leonor e intentando cierto tono burlón y despreocupado. Ella entonces le estiró su vaso con alguna mezcla alcohólica de color amarillento, invitándolo. Luego de él pasárselo de un sorbo, la morocha de cabellos cobrizos, largos y voluptuosos, giró sobre sí misma en una indicación segura a seguirla por ese pasillo largo, con olor a humedad, que él sabía perfectamente que terminaba en una puerta marrón, bajita como Leonor misma, que a su vez desembocaba en esa especie de ambiente único donde convivía una cama doble con acolchado de raso colorado y volados exagerados, una especie de pileta horrible que le recordaba la de algún lavadero y una cortina verde, algo raída pero colocada con esmeradas intenciones para dejar atrás una cocina improvisada donde Leonor, con cierta predisposición más de campo que de puta, después de algunas veces, le ofrecía unos mates. "Las de pueblo no son como las de calle", pensó mientras se desparramaba sobre el raso rojo, resbalándose un poco y ubicando sus manos por detrás de la cabeza. Leonor se acomodó a su lado y le corrió el pelo hacia un costado, casi en ese mismo gesto que horas atrás él había hecho frente al espejo. - Contame de las mujeres - dijo él. Pero Leonor ya le desabrochaba el pantalón. El se dejó, mientras involuntariamente se le venía a la cabeza la seguidilla de actos lamentables hasta la brutal indiferencia de Carla. Para entonces vio que Leonor ya se había desvestido también y se disponía a hechársele encima. El decidió que no iba a moverse y en cambio, se dejó llevar por los favores de ella que pensó, una vez acabado, habría sido lo mejor de ese endiablado día y que al menos, un buen polvo te puede hacer sentir condenadamente vivo aunque de veras estés bien muerto. Para el fin de sus reflexiones Leonor volvía del baño hasta quedar parada a su lado, a un costado de la cama. Aún no se había vestido así que le deslizó una mano por entre las piernas húmedas. - Sos linda para ser puta - le dijo atrayéndola un poco hacia sí y ella sonrió, zafándose del manoseo y buscando la botella con la misma bebida amarillenta, sirviendo un poco en un vaso y ofreciéndole. Se incorporó y aceptó, pensando que hasta sería capaz de pasar una noche con Leonor. Pero terminó la bebida de una vez y se calzó los pantalones apresuradamente. Dejó unos pesos sobre el acolchado rojo, porque como de tantas otras cosas nunca habían hablado de plata con Leonor, y volvió sobre el pasillo húmedo, directo hasta el auto. Subió y arrancó. Ahí nomás pensó que si no fuera porque Julián ocupaba esa noche el departamento, volvería a Buenos Aires. Pero no era su intención, al menos por ahora, advertirle a su hijo, de las desventajas del amor.
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María Laura Galarza©2001 |
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