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Quién sabe a qué hora eso del desorden se establece e institucionaliza
como la única regla de salón. La diferencia, imperceptible,
pasa a ocupar un espacio vacío al fondo de todo presente.
Quién sabe a qué hora eso del caos llega y de cuajo pum se planta
y anda a moverlo. Taciturno en tu lugar no harás mas que asumirlo ya
casi inconcientemente con la naturalidad mas absoluta, como un mono acepta
una banana o un perro callejero una fuerte patada en el culo porque sale de
ahí. Restos de un orden pasado, de un cuidadoso ubicar las cosas en
su lugar, de un meticuloso plumero que no deja huella de polvo, se esconden
cabizbajos como con vergüenza de ser orden, manosatrasvistalsuelopasolento
se alejan como si tuvieran rumbo o techo al que llegar.
Quién sabe a qué hora se detona esa demostración dialéctica
que casi nunca llega a síntesis comprensible o por lo menos narrable
así como se narran los hechos mas misceláneos de la vida, así
como cuentas que a tu vecina su marido la golpea o que volvió a subir
la micro y así ya no se puede. Tesis y antítesis riendo a carcajadas
de la forma en que te derrota su choque de titanes.
Quién sabe a qué hora de esta historia se nos olvidó
conjurar ambos lados de la moneda con el baile y con las hierbas de nuestra
metafísica mas occidental para detener la burla e instalar la seriedad
requerida en estos tiempos que, según dicen, rozan el abismo del fin
de la historia.
No todo funciona, no todo encaja cuando el entorno parece entrar sólo
por el oído y trae la (des)forma de un bullicio cumpleañero
pasada la media noche. De aquí para allá y viceversa muchos
ecos llegan a esconderse en tu cerebro, en tu propia conciencia del ruido,
en la propia certeza de aquella conciencia. Fíjate, es como una piñata,
claro que de dulces no tan dulces, caramelos sin chocolate y esas cosas.
Mucho de eso quisieran transformarlo en canción, en poema que siempre
corre despavorido de las redes de la cursilería, maratón trivial
y conocida, pero que tan pocos han logrado terminar. El hecho puntual, accidental
y ordinario de todo esto es siempre uno. Uno, ahí, botado y expuesto,
yecto ante la médula misma de todo acontecimiento posible y por tanto,
ante tan disímiles posibles destinos. Solo y conciente frente al mas
absoluto caos-por-venir, incertidumbre que llevamos como secreta introspección
o simple y cagona angustia que florece de cuando en vez para recordarnos que
aún existe y que entonces ojo, nada de cositas livianas para le sed
y la calor.
El texto lo encontró la dueña del departamento sobre la mesita
entremedio de tazas y platillos aún sin lavar. Le había extrañado
un poco encontrar la vieja puerta sin su candado, pero ahora este desorden
mas bien le sacaba cierto enojo por falta de consideración y ordenar
un poquito por el favor hecho a esta niña, mira que no cualquiera en
estos tiempos aún accede.
Andrés caminaba con los cables cruzados. Esas épocas que asemejan
mañanas de Octubre por lo de la extraña sensación de
vacío estomacal que nos transporta a nuestras mas antiguas ligazones
con la llegada de la primavera. Un local comercial, los cigarrillos de siempre
y un encendedor color lila que el atendedor encendió delante de Andrés
como para evitar futuros reclamos por algún desperfecto, del cual -en
todo caso- era mas responsable la mediana industria china que ese kiosquero
que se limitaba a venderlos. Un par de horas en una plaza cualquiera, pensó.
No, era mejor seguir caminando y mantener la cabeza ocupada entre algunas
vitrinas de esas que sólo se miran pero no se tocan. Mirar, tocar,
que bellas palabras le resultaban a Andrés: cuanta sutileza esconden,
cuanta sensualidad traslucen. Cosas que sólo pueden mirarse deleitan
únicamente por el órgano visual : Sade y su mirada de todo,
todo lo observable, divisible y reobservable. Cosas que cuando se tocan obligan
a cerrar los ojos y dejarse llevar sólo por la superficie explorada,
claro que esto no es sino otra forma de mirar. (Siempre que a Andrés
se le venía a la cabeza este personaje se dejaba ir en su particular
modo de ver las cosas, aunque frecuentemente terminaba reprochándose
tal enajenante juego intelectual que lo elevaba a alturas metafísicas
que él mismo tanto reprochaba en otros, cosas de la vida.)
No soy de aquí, ni soy de allá
Ah!, qué canción
clisé y justo ahora que me siento medio perdido por dentro, y la flaca
que no llega. Como siempre le doy los quince y después rajo porque
quizás qué, porque quizás qué
Siempre llegar
a lo mismo, a la misma pregunta que reflorece la incertidumbre, el desconcierto,
ciclo vicioso, ciclo vital.
Soledad caminaba a pocas cuadras ya; no apuraba el paso, nunca lo hizo; vagaba
su vista de grandes ojos esmeralda por calles y vehículos. Un bolso
de cuero, un pantalón medio hippie, los hombros de su blusa negra acariciados
por su sedosa melena. Sus labios, hermosa carne roja: el besar secreto de
Eva. Entre las gentes vio a Andrés comprando algo en un kiosco, pero
siguió sin apurar el paso, segura de que él esperaría,
alegando, puteando, pero esperaría. No sería la primera vez.
-Ah! ¿Qué te dio por llegar a la hora?
-Andrés, Andrés, es tan temprano para discutir ¿por qué
no comenzar nuestro tiempo con algo mejor?
Andrés no insistió. Un vistazo a esos ojos era siempre suficiente
para todo. Los siguientes veinte minutos se limitó a seguir a Soledad
por calles que él conocía, pero que ella dominaba como paseándose
por su casa de infancia, sin necesidad de recordar rectas ni esquinas. Se
detuvieron frente a una puerta antigua de chapa medio caída y madera
resistente al tiempo. Al abrirla, Soledad le indicó subir la larga
escalera café caoba que describía una tenue curva hacia la izquierda
en la parte superior, Andrés subió mirando los peldaños
aún brillantes y cuidados aunque cansados -imaginó- de tanto
subir y bajar. Soledad subió con una prisa que a los ojos de él
rompió la parsimonia propia de la escalera, pero esto no fue gran problema
para ella. Abrió un candado en una puerta, entraron y juntos la cerraron.
-¿Y esto?
-Ya sabes, sin preguntas- me contestó Soledad mientras dejaba su bolso
en un medio colchón de cubierta azul que hacía de sillón
y del cual tomé un montón de fotografías de mujeres indígenas
que empecé a mirar al tiempo de ir ordenándolas por tamaño.
Sin preguntas. Siempre esa respuesta y claro, anda a contestarle eso a ella
porque inmediatamente el escándalo de que mi frialdad, que así
son los hombres con tanto secreto para hacerse interesantes y la poca comunicación
y bla-bla-bla
bellaco signo de interrogación, sin preguntas,
sin preguntas, mierda. (Esta foto la he visto en algún otro lado
¿Chiapas?, ¿Guatemala?, debe ser de por ahí.). Miré
por un segundo a Soledad que se empeñaba en tirar platillos y tazas
en el lavaplatos de una reducida e improvisada cocina americana ubicada en
el mismo cuarto. Volví mi vista a las fotografías sin siquiera
mirarlas. ¿Qué te hace tan hermosa Soledad?. Quizás esa
combinación en que todo se ordena con tus ojos, la profundidad esmeralda
en que se pierde todo un trozo de realidad, algo que hace lucir tu sonrisa
como un antiguo retrato sepia. Soledad tus ojos/ dad sol de tus ojos Soledad/
Tus ojos la edad del sol/ tu edad como sol en tus ojos/ Sólo tus ojos
Soledad/ sólo tus ojos tan solos como el sol/ mas que la misma soledad/
Soledad, tu mirada
Sentí, como tantas otras veces, perder la
trivial maratón poética.
Mis manos jugaban autómatas con las fotografías que ya no veía,
el orden y desorden pictográfico no ocupó mas mi conciencia
cuando Soledad ahora cerca me acariciaba el mentón con su mano izquierda,
un beso, el olor de su cuello y un caminar hacia la otra habitación.
-¿Y esto?
-Ya sabes, sin preguntas- Es que ya debieras estar acostumbrado a no hacer
ese tipo de preguntas. Siempre quieres saber mas de la cuenta, como si con
saber solucionaras algo, mejoraras algo, estuvieras por algún momento
mas seguro de algo. Talvés sea sólo cosa de sentirte mejor,
quizás debiera respetarte al menos eso y de vez en cuando contestar
tu ansia. Aunque por cierto, qué sabes hombrezuelo de respeto si eres
capaz de llamarme a las tantas de la madrugada para decirme con unos buenos
tragos encima que deseas verme con urgencia aunque no sabes bien para qué,
que te disculpe por la hora aunque qué tanta disculpa, vienes o no
vienes, y luego cuelgas y luego vuelves a llamar y ahora si disculpas y por
favor ¿nos vemos?
En el fondo ambos sabemos que soy yo la que
realmente arma los encuentros, tu posees la costumbre de abrir el contacto,
hacer de inicio con una llamada, una carta, un "casual" encuentro
al salir del trabajo o lo que sea; nada muy fuera de lo común en todo
caso. Tontito, mira cómo me quieres engañar haciéndote
el que ve unas fotos. Como si yo no pudiera notar que tienes esa cabecita
de niño vagando por ahí muy lejos de esos retratos, ¿enojado
porque no le contestaron?, por supuesto, si los hombres deben saberlo todo
siempre, si el hombrecito aquí enfrente además acostumbraba
ser el "jefe" y sabía mucho mas que el resto, yo incluida.
Observa en qué extraños planos se puede dar una suerte de revancha,
se pueden invertir los papeles del poder y nos va tocando alternadamente agachar
el moñito, como se dice. "Jefecito", déjese de manosear
esas fotografías que va a terminar por deshacerlas si sigue pasándolas
eternamente de adelante hacia atrás; vuelva aquí a este departamento
en el que me estoy acercando para dar forma a este encuentro y darnos forma
a nosotros y dar forma a lo único que va quedando. Levante su carita,
eso es . Míreme, eso es
-¿Y esto?
-Ya sabes, sin preguntas.
Andrés se dejó caer sentado en aquello que debía ser
el sillón con el gesto del que recibe una bofetada inesperada pero
que se resigna al fin y al cabo. Estiró sus piernas mientras comenzaba
a pasear su vista por un montón de fotografías que había
tomado del mismo lugar en que yacía. Por el instante de un respiro
volvió a mirar a Soledad que en la diminuta cocina amontonaba la loza
dispersa para despejar una pequeña mesa sin un objetivo muy claro.
No fue común el silencio que se produjo en este lapso, otros encuentros
estuvieron siempre compuestos de una conversación cualquiera, los comentarios
a alguna película, música, incluso en una ocasión bailaron
extráñamente Introducción al Ángel de Piazzolla.
Una vez recordaron el tiempo en el que se conocieron, hicieron memoria de
su antigua vida de militantes de izquierda, de las compartimentaciones, de
los puntos, los compañeros, y de cómo en una de esas esquinas
de intercambio de información se habían visto por primera vez.
Ya esa ocasión Andrés no resistió hacer un comentario
sobre los ojos de la compañera, cuestión que a ella no le pareció
muy bien viniendo de un jefe político, puesto que no entraba en sus
atribuciones partidarias y porque nadie ha dicho que en una organización
de izquierda no pueda haber acoso sexual y esas cosas. Los encuentros se fueron
haciendo mas frecuentes con el tiempo, llegaron a compartir reuniones mas
seguidas y Soledad fue cediendo a lo que en ese tiempo llamó causalidad
materialista de la atracción, cuestión que antes que una teoría
era mas bien un juego que sin embargo le servía aún ahora para
explicarse sus encuentros con Andrés, ahora que ella, socióloga
reconocida por sus estadísticas, focus group y cuanta cosa inútil
como esas, y él, funcionario municipal a punto de ser expulsado, aunque
qué, si había sido expulsado de trabajos mejores: un poco de
dignidad, por favor
El eco vacío de la habitación insistía en quedarse. Soledad
apoyada en la reducida mesa miraba cómo Andrés proseguía
pasando una y otra vez por las fotografías. Sus labios esbozaron una
tenue sonrisa, como compadeciéndolo en su estado absorto, viéndolo
pequeño y quizás frágil, sintiéndolo necesitar
algo, algo que bien sabía era ella pero no de esta forma; la requería
desde algún lado que ella aún no acababa de comprender, la pedía
en un sentido que no adivinaría jamás, un modo que de presentarse
haría de ese encuentro el último.
Mantuvo la sonrisa mientras caminó hacia él. Se detuvo frente
y con su mano izquierda levantó el rostro de Andrés. Se inclinó
para besarlo, un beso suave y tenue como la sonrisa que llevaba. Frotó
una caricia de mejillas y lentamente lo ayudó a levantarse para entrar
juntos a la otra habitación que poco a poco sería tomada por
un calor intenso. Cuerpos húmedos, movimiento, aire, tacto. La boca
de Andrés empapando la piel ya húmeda de Soledad: recorrió
su cuello, hombros, columna, espalda entera; el comienzo tenso de sus piernas
que a cada toque de su lengua despertaba una repentina vibración de
cuerpo entero, un segundo violento del mas pequeño placer. Alimentó
con una gota de su boca cada poro de esa carne ardiente, ávida y abierta.
Pronto mi propia espalda sobre las sábanas y Soledad ahora vampireza
en mi cuello, en mi pecho, mis caderas, mi sexo. Imaginando ver el límite
con mis propios ojos posé a Soledad al borde de la cama y me arrodillé
entre sus piernas. Comencé a dibujar con mis dedos el contorno de su
ser jadeante: un viaje pausado por su rostro y su garganta, sus senos como
lomas que debía ascender con cuidado, círculos en su abdomen
Palpó la zona interior de los muslos, buscó más su extensión
y allegó su boca a la fuente; encontró la calidez de la única
caverna tibia sobre la tierra, bebió del único néctar
placenteramente ácido. Asciendes, vienes hacia mí para hacer
de este encuentro el verdadero, siento tu disposición y luego entras,
no puedo evitar hundir mis uñas sobre tu espalda, con mis ojos cerrados
recibo el golpe tibio de tu aliento sobre mi cara; me pides abrir los ojos,
que te mire, algo sobre esmeraldas que tragan el mundo, algo sobre colores
y crueldad; no entiendo y estas muy fuerte; no entiendo y no quiero abrir
mis ojos. Por qué Soledad, por qué no me permitías eso,
por qué no me dejabas ver mi propia imagen en ese color y entonces
ser parte de un mundo de crueldades suavizadas, estetizadas, manipuladas para
ser cotidianamente ignorables; sacarme de a poco este peso que traigo de cuando
tú Raquel y yo Ricardo, desviarme de los secretos, esconderme de tanto
fantasma; por qué no los abrías Soledad, por qué no me
mirabas, por qué me negabas el espejo que hace todo mas soportable.
No quiero abrir mis ojos porque ahora siento miedo, porque ahora no te conozco,
porque temo ver tu cara desfigurada, dónde estás tontito, dónde
estás, ¿no te pedí que volvieras cuando veías
las fotografías?, ahora de una vez regresa que me duele y no entiendo,
regresa o entonces ya no quiero. ¿Por qué no los abrías?.
Ya basta, así no. ¿Por qué no los abrías?. Termina
de una vez bruto, ¿a qué estás jugando?. ¿Por
qué no los abrías, mierda?. Termina, por favor termina. Si era
tan simple, sólo abrirlos, ¿por qué no los abrías?.
Soledad abrió sus ojos justo al final de todo, cuando sentía
cómo el calor de Andrés se esparcía por su vientre, cuando
sus manos ya llegaban a sus párpados para forzarlos a subir. Al ver
que ella ya lo miraba, le sujetó los ojos abiertos para no dejarse
de ver en ellos ni siquiera por un segundo; se enderezó sobre ella
y Soledad gritó.
La noche había caído pausadamente y el silencio hizo salir el
cansancio, secó el sudor transformándolo en frío. Andrés
se cubrió entero, quedaron de espaldas uno al otro y ya no hubo nada
que interrumpiera el sueño. Y qué raro sueño después
de todo. Cuando Andrés despertó sintió que aún
algo de su sueño le quedaba en la cabeza. Sentado al borde de la cama
miró a Soledad que todavía permanecía de espaldas a él,
le pasó la mano por su hombro y se levantó llevando su ropa
a la primera habitación. Se vistió en el sillón desparramando
las fotografías sin cuidado; se acercó a la llave de agua, sacó
los platillos y tazas del lavaplatos volviéndolas a colocar sobre la
mesa pequeña. Lavó sus manos y su cara, se mojó el pelo
y se enjuagó la boca seca tragando el agua la tercera vez. Algo del
sueño le daba vueltas. Del bolso de Soledad sacó una hoja, un
lápiz y escribió entre tazas y platillos; no se detuvo a pensar
en adjetivos ni metáforas, simplemente escribió. Miró
su reloj, dejó la hoja y el lápiz, entró por última
vez a la pieza en que Soledad aún estaba de espaldas, caminó
con cuidado como para no despertarla y tomó de un viejo velador un
pequeño bulto envuelto en hoja de diario que había dejado allí
antes de dormirse.
Salió a la calle después de la escalera y caminó tranquilo,
pensando que mucho había cambiado. Se sintió seguro y tuvo la
confianza de que todo comenzaba a ubicarse en su lugar. Esta vez el camino
a casa era de verdad. Soledad lo había mirado, aunque fuese en el último
instante, aunque fuese luego de tanta porfía. Lo había mirado
para siempre, lo iba a mirar siempre sin siquiera tener que volver a pedirlo.
Metió la mano al bolsillo de su chaqueta, sacó el bulto en hoja
de diario y lo abrió: nuevamente se vio en los ojos de Soledad.
La dueña del departamento entró con la hoja en la mano a la
otra habitación. Encontró a Soledad aún de espaldas y
sintió que eso era ya el colmo. Se apresuró a despertarla y
al tomarla de un hombro y voltearla descubrió su cara ensangrentada,
la almohada , las sábanas. Su grito lo escucharon todos los vecinos.
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