| Número: 6 |
El mundo del cuento
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El último regalo de Lucho Hernández |
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Muchas de las decisiones que he tomado en mi vida han sido producto de mis sueños. Si opté por el periodismo fue porque hubo una noche de febrero en el que desperté creyendo que vestía terno, miraba una cámara y comentaba un U-Alianza. Si alguna vez tuve la osadía de frecuentar camas en el jirón Cailloma fue porque hubo una siesta donde me imaginé una siniestra eyaculación precoz en plena noche de bodas. Pero no me extrañaba mi actitud. Lo extraño es que recuerdo un día en el que abrí los ojos, pensé que la tenía entre mis brazos, la llamé más tarde para salir y esa fue la única vez que no me decidí a hacer lo que quería. Era Jueves Santo y muchos aprovechaban el largo feriado para descansar en alguna inhóspita playa. Unos amigos acordaron emprender una larga expedición a Ancón y desafiar así a quienes se atrevieran a observar a la afamada Mary Lyon, quien -contra lo estipulado en el código del medio ambiente- entraría al agua en tanga (hay quienes, incluso, me han advertido sobre la dantesca existencia de una foto). Yo detesto el sol, la arena, el mar, así que aquel jueves opté sólo por dormir profundamente, pese a que tenía trabajo acumulado en La Prensa, diario donde me ganaba la vida como redactor principal (aunque lo cierto es que sólo éramos el editor y yo) de la invalorada revista Orientación Vocacional. Y vaya que fue profundo el sueño ese. Lo único que recordaba era una infantil voz que se esforzaba por decirme te quiero, el olor de un cabello azabache recién lavado y la imagen de esos hermosos dedos de los pies que no abandonaban mis neuronas. Sentía la necesidad, aun fisiológica, de hablar con ella. Mis latidos andaban ya por los nueve grados en la escala de Richter, síntoma de que otra de mis locuras se avecinaba. Salí muy entusiasmado de mi mediaclasista casa de la urbanización Zárate, con la idea de que aquel jueves de abril, una gran incertidumbre se alejaría por fin de mis pensamientos. La verdad, desde hacía muchas semanas que no había podido recuperar la calma vivida en los primeros meses del año, quizá debido a esa eterna afición mía por el masoquismo. De otra manera no se explica que alguien como yo mantenga el hobbie de tirarse en la cama, mirar el techo y pasarse horas de horas pensando, ilusionando, fantaseando, en otras palabras, describiendo con la memoria todo lo que alguna vez le ocurrió o quiso que le ocurriera en la vida (pese a este reclamo, en el fondo creo que esa eterna y cultivada afición ha sido la materia prima de muchos de mis desconocidos relatos). Como tantas veces, me bajé de la destartalada línea 94 en la segunda cuadra de la avenida Abancay, la que da al Congreso. El local de La Prensa se encontraba relativamente lejos de aquel lugar, pero en el Centro de Lima los kilómetros y las largas cuadras, sencillamente, no existen. Mientras caminaba por la Plaza de Armas miraba con nostalgia las gradas de la Catedral, sobre todo las que estaban en la esquina de los jirones Junín y Carabaya, allí donde una noche Katy -una antigua pretensión de juventud- lloró a mi lado por el inevitable deceso de nuestra amistad. Ese día la redacción estaba vacía. El Departamento de Revistas de La Prensa guardaba la apariencia burocrática de oficina bancaria ¿Qué clase de periódico era este Decano, cuyos periodistas se daban el lujo de descansar en feriado? Tuve la suerte de encontrar la luz encendida y el teléfono "Nec" de mi escritorio yacía desamparado a un lado, a gusto de quienes -como yo- habían sido vetados en sus casas por incrementar el terrorífico recibo azul de Telefónica. - Aló, con Jessica por favor. Ambos teníamos prácticamente un rol definido a través del auricular. No era nada extraña nuestra conversación. Ella me hablaba con voz de niña a la que le han quitado el marshmellow, y yo respondía con constantes evasivas, incitaciones someras y repentinos berrinches de niño escaldado. Siempre deduje, por lo emocionadas de nuestras voces, que nos encantaba hablar por teléfono, aunque reconozco que me causaba mucha molestia llamarla siempre, ya que nunca pude alejar de Jessica esa terrible costumbre suya de no llamar a nadie. Me acuerdo que una vez más comencé hablándole de cosas banales. Felizmente ella respondía a todos mis idiotas "'¿cómo estás?", "¿qué hiciste ayer?", "¿qué comiste hoy?", y gracias a ese lado estúpido de la vida yo hice de aquel anexo 3690 de La Prensa, un feliz pretexto para ir a trabajar. Jessica me contó que se había peleado con su madre, que extrañaba a su hermano (quien ahora debe estar tocando guitarra en Bielorrusia), que su perra había contraído el moquillo, en fin, que no había novedad alguna en su vida. Aún no sé cómo pero a nuestra conversación llegó la literatura. Éste era un tema que llegué a odiar demasiado porque ella había leído mucho más libros que yo, y me era incomodísimo quedarme callado cuando la oía mencionar a Virginia Wolf, Isabel Allende o Mario Benedetti. Para contrapesar esos kilos de ignorancia, yo me defendía con la música y ella era la muda cuando yo evocaba épocas ocultas de los Beatles, canciones raras de los Guns o vicisitudes apremiantes del rock en español de los ochenta (ella no sólo permanecía muda, sino que, además, nunca pude convencerla de que me acompañara a observar CD's en las tiendas, y en represalia nunca acepté que me llevara a una librería). La redacción continuaba con su silencio y nuestra conversación andaba ya por los treinta minutos. Mi oído se consideraba parte del teléfono y como que empezaba a arderme. Jessica dio rienda suelta a su vieja y simpática táctica de niña engreída y dijo "cómo me gustaría leer algo de Vargas Llosa, umm no he leído aún La Casa Verde". Así que para alguien como yo (acostumbrado no sólo a complacerla sino a sorprenderla en lo que pudiese), no resultó difícil mentir al decirle que tenía una biblioteca en mi casa, donde guardaba celosamente aquella novela. Es más, en ese momento se me ocurrió plantearle el verdadero motivo de mi llamada: quería verla, conversar, tomar un café, lo que sea con tal de pasar un momento a su lado y creerme una relación inexistente. Fiel a su costumbre, Jessica no era de las chicas que decían sí a la primera (eso lo aprendí luego de varios meses de pachotadas) y tenías que incentivarla de a gotas, aunque ella también se muriese por hacer lo que deseabas. Mi bien empleado recurso fue decirle que aprovecharíamos la salida para intercambiar libros (aún no le he devuelto El Decamerón de Bocaccio) y además le prestaría el álbum Imagine de John Lennon y una recopilación de rock en español titulada Viejos poetas de la música. Y aceptó. Todo estaba finiquitado, pero nos llevó más de veinte minutos decidir a dónde iríamos y, como siempre, ella me venció y logró que aceptara que camináramos sólo por su barrio (un lugar tan parsimonioso como ella) del distrito de Surco. Ya teníamos que colgar y yo seguía vanagloriándome de la biblioteca que "albergaba celosamente", que ostentaba libros revolucionarios, marxistas, maoístas, guevaristas, trostkistas, como si con eso yo le causara una mejor impresión. Y por obra del destino ella me preguntó si tenía algo de Lucho Hernández. Pronuncié un sarcástico "sí" y ella comenzaba a dudar sobre la existencia mi afamada biblioteca. - No creo que tengas algo de Lucho Hernández - me dijo Una vez puesto en paz el anexo y la oreja, supe que me esperaba una larga visita a las librerías del jirón Amazonas. Cinco soles me costó La Casa Verde y la preservación de una credibilidad. Cinco soles me costó complacerle un capricho más. *** Y ahí estaba yo, con mi falso aroma de recién bañado, dispuesto a tocar el timbre. Como sucedía siempre, era el ladrido de la perra del moquillo quien le avisaba a Jessica de mi llegada. Su casa era un lugar apacible, tanto que parecía más un hogar de reposo que la guarida de una joven que pasaba su vida mirando Cartoon Network. Tenía un pequeño jardín en la entrada, y siempre que pasaba a su sala divisaba una casa tan impecable que seguramente había que ir al baño en puntillas y sin zapatos. La tarde fenecía y ella tenía puesta una casaca y jean azules y un polo rojo -lo recuerdo perfectamente- y cual ritual, llegamos al grifo de la esquina a comprar una cajetilla de Marlboro Light (en ese puesto atendía una chiquilla enana que parecía vernos como pareja, lo cual me fascinaba). Después de una breve discusión sobre qué cosa haríamos, decidimos caminar por la nada, como yendo a Valle Hermoso, como yendo a IPAE. No recuerdo bien de qué íbamos hablando. A ella le disgustaba que me quedara callado, pero le encantaba ser una cotorra parlante. Que su madre tal cosa, que su padre es lo máximo, que su tío era un vago, que su abuela, que su hermano, que su primo, y todos los demás frutos de su árbol genealógico. Llegué a saber mucho sobre su familia (por ejemplo, Jessica los dividía radicalmente a todos en loosers y winners, los primeros estaban en el lado paterno). Como decía, Jessica odiaba escuchar mi silencio, pero mi mutismo no se debía a que no tuviera nada que decir, es más, guardaba conmigo muchas interrogantes y sensacionales temas de conversación. Más bien, mi mutismo se originaba porque no importaba decir algo, total, tenía ese lindo rostro a mi lado. No importaba hablar de mi padre, madre, hermanos (quienes dicho sea de paso se situarían más entre los loosers), con tal de ver la esbelta figura suya andar a mi paso, incluso no importaba escucharla con tal de oír el ruido de esos hermosos dedos de los pies, quienes aquella noche permanecieron ocultos e incitantes por la inoportuna presencia de un par de zapatos. Finalmente encontramos una banca en medio del parque. Yo había tenido la oportunidad de visitar ese sitio hace dos años, gracias a una chupeta al aire libre con tres amigos. Para variar, no sabíamos de qué hablar, pero a ella se le ocurrió una brillante idea para romper el hielo: jugaríamos a "verdad o castigo". Y acepté. Inmediatamente ella me miró a los ojos (por su mirada deduje que había albergado una pregunta por buen tiempo) y todo comenzó - ¿Alguna vez has estado enamorado? - preguntó Y alcancé a hacerle unas inocentes preguntas. Si le gustaba alguien ahora, si seguía enamorada de Ernesto, si alguna vez le gustó Jimmy, de quien yo había estado celoso mucho tiempo. A todo respondió no, felizmente, porque de lo contrario un alejamiento mío era lo más comprensible. Así como éstas, había muchas preguntas más. Algunas ya se me han olvidado; otros, en cambio, los guardo bajo siete llaves y serán motivo quizá de un relato posterior. Y llegó una interrogante por demás curiosa. - No sé si hacerte esta pregunta - dijo Jessica Jessica deseaba calmar su ego y me exigía hacerle más preguntas. Luego de cinco minutos de repetidas sinfonías de grillos, dije - ¿Eres virgen? - y ella me dio sus detalles, los cuales realmente
prefiero olvidar Pese a mi presunta calma, Jessica notó que la miraba de otra forma. Había dejado de ser para mí, la niña engreída e inocente, asidua lectora de cuentos para ir a dormir. - ¿Era eso lo que te daba miedo preguntarme? - mencionó Mire el reloj, ya quería largarme y ella deseaba quedarse ahí hasta la medianoche. Así que paseamos dos horas más. Ella me preguntaba por Katy, yo por Ernesto. Le preguntaba por Jimmy y ella me seguía preguntando sobre Katy. Luego hablamos sobre Heidi y su complicado enamorado, sobre Jimmy (otra vez) y su perdurable y sosa relación, sobre Cucho Endo y su paternidad precoz, sobre David Calero y su matrimonio transoceánico. Y el juego terminó. *** El Sábado de Gloria decidí resucitar en Barrios Altos, donde un par de chelas me esperaban en la quinta de Cucho Endo (llamada Santa Catalina, ubicada en la cuadra 11 del jirón Paruro). Yo aguardaba uno de sus grandes consejos de viejo looser. Después de tres horas de discusiones políticas con muchos amigos de la zona, nos quedamos los dos con tres "Margaritos" de cerveza Cristal al lado. Teníamos los ojos más achinados que de costumbre y nos balanceábamos sobre las sillas, como muestra de una borrachera en ciernes. No cabía duda alguna, estábamos semi-ebrios, picados y por eso podríamos ser más sinceros que nunca. - Cucho, pasa esto con Jessica (y le conté todo lo narrado, detalle
por detalle, pregunta por pregunta. Pese a que se le cerraban los ojos, debo
agradecerle que hiciera el esfuerzo por escucharme). Y la consulta psicológica terminó. Me levanté de esa especie de "diván" y salí de Paruro con la convicción de que un fracaso más no importaba. Total, ya no estaba en la universidad. *** Así que comencé a idear la manera en que se lo iba a decir. Tenía que ser algo especial, que no sólo la complaciera sino, además, que la sorprendiese. Y tuve una hermosa idea Me encontraba en mi trabajo de las mañanas, allá en Peru.com (por la calle Gálvez en Miraflores), donde era redactor de noticias. En un momento de descuido del jefe, escribí un mail que parecía más un SOS enviado dentro de una botella. El destinatario fue un conocido periodista de La Prensa. Buen cronista, mejor amigo y perfecto chismoso. Se llamaba Julio Villanueva y era un chino de rostro parecido a Pereda, quien amenazaba siempre con ir en sandalias a la sacrosanta redacción del Decano. Comunicarme con él sería un craso error. Recuerdo que le pregunté electrónicamente por Lucho Hernández, quién era, cuál era su nacionalidad, si estaba vivo, cuáles eran sus libros publicados. Seguramente debí mandarle muchas más preguntas apremiantes, porque al cabo de dos minutos me respondió diciendo "¿quién es la chica a la que deseas atrapar?". Me explicó que Lucho Hernández era uno de esos poetas ocultos y cultos, hermano del psicoanalista Max Hernández, y cuya obra era difícil conseguir, pero que él tenía un libro que me podía prestar ¡Bingo! Esa tarde llegué rápidamente a la redacción y estaba en su "pecera" (un escritorio rodeado de apacharacadas lunas) haciendo lo que más sabía hacer después de escribir crónicas: responder mails. Se burló de mi desesperación por el libro y me preguntó si conocía a la susodicha. Yo, obviamente, negué todo cargo. Lo único que quería era sacarle copia a su reliquia, pero me dijo que no se podía porque era un libro inmenso y de unas páginas delicadísimas (tipo Biblia). Me retiré decidido a bajar al sótano de La Prensa y preguntarle a mi buen amigo César Gutierrez, de la revista Somos, (otro de esos poetas que terminan sus días en un diario) y me comunicó que el único libro que tenía de Hernández estaba en su natal Arequipa. Al día siguiente, un sueño me advirtió lo que podía ocurrir. Aquella tarde volví a la redacción, nuevamente, agitado y le pedí a Tulio que no le dijese a nadie sobre el libro de Hernández. La noche anterior había soñado que Villanueva le contaba sobre mi intempestivo interés literario a Jimmy (quien era su jefe de práctica en la UPC y otro de los chismosos del grupo). Ya era tarde, efectivamente se lo había chismeado todo, incluyendo su ligera sospecha de amarre amoroso. Lástima, todos los amigos que me quedaban en la universidad lo sabrían. Lástima, no volvería a ver más a Jessica y lo que era peor, ella no recibiría de mis manos el adorado libro de Hernández. Lástima, yo era un looser nuevamente, y ahora sin siquiera haber logrado ingresar a la cancha. *** Pero las hormonas pudieron más y el sábado de esa semana, los alumnos y ex alumnos de la Facultad de Comunicaciones de la UPC nos reunimos en casa de la amigable Silvia Argos, allá por la primera cuadra de la avenida La Marina, donde suelen reunirse "cabros" (travestis) con ganas de contagiar sus "venereadas" actitudes. Silvia y Jessica nunca se llevaron bien. Ernesto había sido la razón de las antiquísimas pugnas, pero en los últimos años su relación se mostraba, por lo menos, civilizada. Pese a todo, Jessica asistió a la reunión. No hablamos mucho aquella vez. Dentro de mi paranoia creía que ella ya estaba enterada de lo que iba a regalarle. Sin embargo, esa percepción mía cambió al momento de despedirnos todos de la reunión. Jessica se iba a ir en el carro de Mary (aunque en realidad, la china Lyon estaba más ebria por el whishy consumido que por poco la dejan pegada al árbol de la esquina, que sirvió de refugio final a sus náuseas). Antes de embarcarse, Jessica se despidió del resto y yo fui el último al que le dijo chau (yo, por ejemplo, siempre me he acostumbrado a despedirme al último de la persona más especial) y me dijo "llámame mañana" y se retiró. Recuerdo el rostro sorprendido y, a la vez, contento de Darío Peratta, quien había alcanzado a escuchar la frase y comenzó a fastidiarme como si entre ella y yo pasara algo. Y yo me la creí. Camino a casa, al transcurrir por la Vía Expresa, me convencí de llamarla a la mañana siguiente y tal vez invitarla a salir. Pero dentro del taxi que me conducía a Zárate, decidí algo mucho más avezado: el día en que tuviese entre mis manos un libro de Lucho Hernández sería el día señalado, por el oráculo de la vida, para decirle a Jessica todos mis sentimientos. Así que la llamé (tal como me lo había pedido el día anterior) y quedamos en que iríamos al mismo parque de la otra vez para ayudarla con su trabajo de Taller de Opinión, el cual le estaba sacando canas verdes a su deliciosa cabellera azabache. Al cabo de dos horas de haberle colgado (aproximadamente a las dos de la tarde) sucedió lo impensado: un antiguo amigo mío había logrado obtener uno de los raros libros de Hernández (cuyo título ya olvidé) y me lo obsequió para que hiciese con él "lo que quisiese". Recuerdo que el libro tenía trescientas páginas, llenas de versos, metáforas, símiles, rimas y un interesante prólogo de ese gran humorista peruano llamado Nicolás Yerovi. Además, el texto tenía como presentación una nota que le informaba al lector que Lucho Hernández nunca pudo tener ese libro en sus manos (salvo la carátula, que fue diseñada por él), ya que paralelamente a su impresión final, él falleció en Argentina víctima de un accidente de tránsito. En otras palabras, se trataba de un libro absolutamente sensacional. Fui a la casa de Jessica con la convicción de que se lo entregaría y le recordaría esa frase suya de "si alguien llegase a tener un libro de L. H. hasta me casaría con él". Por supuesto, le explicaría que solamente aguardaba que fuera mi enamorada y no mi esposa. No estaba nervioso (he pasado por tantas declaraciones, entre exitosas y funestas), pero tenía la sensación de estar arriesgando esa amistad neonata entre ambos y que tanto me costó forjar. Pero qué importaba, por qué vivir con la incertidumbre, como decía Cucho. Jessica era una mujer tan hermosa que bien valían unos minutos de adrenalina, nervios y esperanzas, dicho de otra manera, una declaración llena de sangre, sudor y lágrimas. El poemario lo llevaba escondido en la mochila. Todo empezó mal aquel día. Al tocar el timbre y ladrar la perra del moquillo, ella salió y me dijo que nos quedáramos "en casita" (como diría un viejo y, en su momento, rival amigo de la sección deportes de La Prensa) porque no tenía ganas de salir, ni siquiera a visitar el grifo de la esquina (con la cajera enana) que tan gratos momentos me traía. Su madre estaba adentro, pero eso no importa -me decía a mí mismo- en algún momento le pediré salir a la esquina y ahí aprovecharé para darle el libro y expresarle todo mi rollo. Si fracasaba pues podría salir corriendo rápidamente a tomar la combi que me trajera a Zárate. No le serví de mucha ayuda aquella vez. No tenía cabeza para pensar en entradas enigmáticas, anecdóticas, paradójicas que era lo que le pedían como trabajo en su curso de Taller de Opinión. Es más, abusé de alguna manera del momentáneo hospedaje porque su madre me invitó una inefable pero deliciosa comida que Jessica y yo tragamos en una esquina de su larga mesa (según ella, su madre cocinaba sólo cuando estaba molesta, así que no recuerdo que aquella digestión haya sido muy cómoda). Otro de los sucesos nefastos ocurrió mientras los dos nos encontrábamos junto a su laptop en el segundo piso, a la espera de alguna inspiración mía para redactar una columna de opinión sobre jóvenes politiqueros y figuretis de los últimos años (cuyo título le pusimos "Trampolín a la Fama"), de esos que se dicen ser los nuevos rostros de la democracia peruana. A ella se le ocurrió la brillante idea de llamar por teléfono, justo en ese momento, a un amigo suyo, al cual -según ella- considera como un "hermanito", aunque nunca se lo haya creído. Ese sujeto tenía el espantoso nombre de Nills (así como el niño pituco y patético de la serie animada Candy), y Jessica le hablaba tan cariñosamente con él, que toda la emoción desatada por el libro de Lucho Hernández se extinguía con cada entonación de niña mimada que pronunciaba. En ese instante comprendí que esa actitud suya (que alguna vez creí que era una muestra de su interés hacia mí) la tenía para con todos, que yo no era nada especial, nada relevante, sólo un mero hacedor de frases felices. Escuchar cómo se divertía con ese Nills por el auricular era preguntarme qué diablos hacía en esa casa aquel domingo por la tarde. Por qué carajo siempre iba detrás de una humillación. Dónde puta madre enterraría ese libro que me quemaba el pensamiento. Y es que aún no entendía que en el amor (así como ocurre con las columnas de opinión) había que emplear la seducción, las entradas anecdóticas, enigmáticas y quizá hasta la paradoja. Llegó el precioso momento de la retirada. Agarré mi mochila muy fuerte porque no quería que descubriese nada de lo pensado. Pero inmediatamente me dije "si he venido hasta acá pues por lo menos debo arriesgar algo, no voy a perder un día por gusto". Ella estaba en el umbral de la puerta caoba que tantas veces me había dicho bienvenido y hoy sentía que me botaba. Y yo, a medio salir, me volteé intempestivamente y le mencioné - Jessica, recuerdas que esa vez, cuando jugamos a decirnos la verdad, no
pude hacerte una pregunta por miedo, y nunca te revelé cuál
era ese temor. Alargo su bello brazo canela y lo introdujo en la mochila. Vio que se trataba de una especie de cuaderno anillado (por suerte, la carátula del libro no mencionaba el nombre del autor). - ¿Qué es esto? - dijo ella y se prestaba a ojear el texto. Y me fui de la misma manera que lo hice con Andrea (cuando le dije que no abriera el cuento de amor que le había hecho), con Katy (a quien le di un poema en inglés antes de que subiera a su taxi), con la misma Jessica (cuando hace un año, le escondí un pequeño escrito dentro del estuche de uno de los cassettes que le regalé por su cumpleaños). Caminé varias cuadras pensando en dónde había estado mi error (como sino supiera lo que desaproveché en aquella "noche de las verdades"). Por qué tenía mala suerte para esto del amor. Por qué me era difícil conseguir a alguien con quien compartir la soledad de años, el vacío reciclado en el alma. Por qué me seguía causando mucha envidia, ver personas agarradas de la mano por la calle, los parques, las tiendas de CD's, parejas que parecen vivir plenamente su juventud. Tal vez el destino quiera que lamente mi juventud por el resto de mis días. Y mientras subía a la combi llegué a la conclusión de que ese libro de Lucho Hernández era igual a Jessica: difícil de conseguir, costoso y cuando uno cree tenerlo consigo, lo deja escapar fácilmente. Y uno sólo voltea resignado por las oportunidades perdidas, porque el tiempo no da marcha atrás. Y uno sólo espera que haya una nueva oportunidad, en donde no se deje escapar a ninguna Jessica de ninguna mochila. |
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Michael A. Zárate©2001 |
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