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-Será mañana -dijo el león.
Estaban los cinco sentados frente a una hoguera. En sus camperas de cuero
brillaban alternativamente el anaranjado de las llamas y la luz de las estrellas.
A su lado, cerca de los árboles, las motos presentaban la inmovilidad
expectante de algunos insectos.
-Es el día en que pagan los sueldos -continuó el león-.
Además, es el día de mayor facturación. Va a haber mucha
gente con plata y joyas en las mesas. Calculo que nos podemos alzar con unos
cincuenta mil.
-¿Conseguiste las armas? -preguntó el conejo.
El mono se levantó y trajo una bolsa de su Harley-Davidson Electra
Glide negra .
-Cinco automáticas sin marcas ni registros -dijo, al tiempo que repartía
las pistolas y los cargadores extra- y puñales hechos por mi padre.
El león examinó los cinco puñales idénticos, sus
hermosas empuñaduras de bronce remataban en una cabeza de águila.
-¿Alguien podría reconocerlos? -preguntó.
-Sólo mi padre -contestó el mono-. Pero murió el año
pasado.
-Las motos llamarán demasiado la atención. Deberemos conseguir
otro vehículo -opinó el zorro.
-Eso ya está resuelto -dijo la rata-. Tengo una camioneta con el motor
preparado en mi garage.
-Bien -dijo el león.
Se levantaron quitándose las máscaras. Eran hombres jóvenes,
unidos por varias cosas en común: la pasión por las motos, matrimonios
fallidos, herencias perdidas y la ambición de viajar, de recorrer todas
las rutas, de despertar cada mañana en pueblos distintos y secar el
rocío de las máquinas para empezar un nuevo viaje.
-Mañana a las seis de la tarde -dijo Lucas, mientras guardaba la cabeza
de león en un bolso y pasaba la pierna sobre el asiento de su Heritage
roja. Los otros estuvieron de acuerdo y lo siguie
ron hacia la salida del bosque. Las máquinas rugieron, hiriendo árboles
y sombras con sus haces de luz. Ya en la ruta, Lucas acarició las aletas
de enfriamiento de su motocicleta y sonrió en la oscuridad.
*****
-Lo que más impresiona a una mujer es que un hombre inteligente haga
una estupidez por ella -le había dicho con sorna Gamboa unas horas
antes, en la comisaría. Feres aceptaba que gastarse medio sueldo en
una cena era una verdadera estupidez. Pero estaba harto de sentirse solo y
había decidido que ese sitio era el lugar ideal para pedirle a Marcela
que se casara con él.
El restaurante estaba lleno. Los guiaron a una mesa preparada especialmente
para ellos.
La luz de las velas cabrilleaba en los espejos de las paredes y en el cristal
de las copas.
-Parecés nervioso, Lucio.¿Qué te pasa?
-Bueno, creo que...
El maitre se acercó con una botella de champagne y, luego de descorcharla
y llenar las copas, desapareció. Marcela tendría unos treinta
años. Llevaba un vestido ajustado y corto, que revelaba un cuerpo muy
hermoso. Al quedar solos, fue ella quien retomó la conversación:
-Me decías...
-¿Querés casarte conmigo? -interrogó Feres atropelladamente.
Marcela lo miró a los ojos con el rostro iluminado.
-¿De veras? -preguntó.
Feres sacudió la cabeza. Era un gesto que mostraba su impaciencia y
nerviosismo.
-No, de mentira... ¡Claro que de veras! -replicó.
-Bueno.
-¿Bueno? ¿Así nomás, sin lágrimas de emoción,
ni gritos, ni nada?
En la cara de Feres había una mueca de decepción. Marcela le
tomó la mano por encima de la mesa y sonrió.
-Mirá, después de un año de Mc Donalds, algunas salidas
al cine y uno que otro turno en algún hotel de Flores, que me invites
a cenar acá... no soy detective, ¿pero podía pensar otra
cosa?
Feres se sonrojó y bajó la mirada.
-Mirame, Lucio...
Cuando tuvo los ojos de él nuevamente en los suyos, agregó:
-Estoy muy feliz, ¿sabés?
Y le carició la cara con el dorso de la mano.
Estaban ordenando cuando, al grito de ¡quietos!, irrumpieron el león,
el zorro, el conejo, el mono y la rata. Llevaban camperas de cuero y pistolas
automáticas. El león inmovilizó con una llave al maitre,
y mientras apuntaba hacia las mesas, gritó:
-¿Dónde están los sueldos y la recaudación?
Feres pudo ver que todos llevaban, aparte de las armas de fuego, cuchillos
de empuñadura dorada a la cintura.
El conejo custodiaba la entrada. La rata había pasado a la cocina.
El zorro, luego de revisar los baños, ayudaba al mono a recoger las
bolsas que había repartido por las mesas para que los co-
mensales introdujeran en ellas sus pertenencias de valor.
El león apoyó el cuchillo el la garganta del cajero.
-¡Por favor, no lo lastime! -suplicó el maitre-. Le daré
lo que quiere.
Lo condujo a una oficina que estaba detrás de la caja y regresaron
con una abultada bolsa de cuero.
Entonces, sorpresivamente, el cajero sacó un arma y efectuó
varios disparos que desataron una verdadera batalla campal.
Las detonaciones se mezclaron con los gritos y el sonido de la vajilla al
fracturarse, convirtiéndose en un estampido prolongado. La mayoría
de los comensales se había arrojado al piso. Un enjambre de vidrios
rotos brilló en el temblor de las sombras que proyectaban algunas velas
aún encendidas. Un espejo, al romperse, originó una lluvia de
espadas. A través de las sillas y mesas derribadas, Feres vio varios
rostros contraídos por el dolor de las heridas. Sin pensar se incorporó,
arma en mano, y le dio en el pecho al mono y vio a la rata doblarse, tomándose
el estómago.
Al advertir que sus compañeros habían sido abatidos, el león,
el conejo y el zorro escaparon, llevándose la bolsa de cuero.
Entre los disparos, Feres cruzó la puerta tras ellos y los vio huir
en una camioneta cuyas placas alcanzó a leer.
Por teléfono pidió refuerzos y dio los datos del vehículo.
Después, se abrió paso entre heridos y escombros y se acercó
a Marcela, que estaba acuclillada bajo una mesa.
-Ya se fueron -le dijo-. ¡Vamos, levantate!
Se agachó para ayudarla a ponerse de pie, y entonces vio, desesperado,
una herida de bala en su pecho.
No necesitó tomarle el pulso para saber que estaba muerta.
*****
El restaurante estaba más lleno que antes. Había peritos, fotógrafos,
agentes uniformados y médicos por todos lados.
-Lo siento -dijo Gamboa con acento sincero, y le palmeó la espalda.
Después de una pausa, agregó:
-¿Porqué no se va a su casa? Mañana nos darán
un informe completo. Acá ya no hay nada que hacer.
Feres esperó a que cargaran en una ambulancia el cadáver de
Marcela, que estaba cubierto con una sábana blanca. Permaneció
en silencio, fumando un cigarrillo. A Gamboa le asustaba su actitud impasible.
Pasaron camillas con heridos conectados a tubos y frascos de suero.
-Para mañana, a primera hora, quiero saber los nombres de esos dos
-dijo Feres al fin, mordiendo las palabras. Señalaba las dos bolsas
negras en las que habían puesto los cuerpos de los criminales caídos-.
Y si tenían teléfono, un registro completo de las llamadas que
hicieron en los dos últimos meses.
-Si, señor. No se preocupe.
Ya en su departamento, permaneció a oscuras, tratando de no pensar.
Buscaba recursos para no pensar. El punto rojo de su cigarrillo bajaba y subía
a intervalos regulares, rodeándose con un globo de luz anaranjada cuando
llegaba arriba. Buscó una melodía para ocupar su mente, para
cerrarle el paso al recuerdo de Marcela. Pero no recordó ninguna. Sólo
Marcela, su nombre. Mar-cela. Anagramas: la crema, caer mal, crea mal, cremala.
Cremala. Cremar a Marcela. No, mejor otro: Lucio Feres, es refucilo, luces
fiero, eso Lucifer. Lucio Feres, Marcela : Eso Lucifer, crea mal. Eso, Lucifer
crea mal.
-¡Por qué mierda el cajero tuvo que sacar el arma! -gritó,
al tiempo que descargaba un puñetazo en la pared.
Eso, Lucifer crea mal, pensó más calmado, y el globo de luz
iluminó sus ojos llenos de lágrimas.
*****
-¿Por qué tuvo que sacar el arma? -preguntó Lucas en
voz alta. Estaban en el bosque, junto a la camioneta y las cinco motos.
-Tenemos que tranquilizarnos -dijo Guillermo-. No hay manera de que nos vinculen
con Pablo ni con Cristian. Dejaremos sus motos y la camioneta acá.
Están limpias de huellas.
-¿Qué hacemos con las máscaras, los puñales y
las pistolas? -preguntó Mariano.
-Podríamos guardarlas en los casilleros del aeropuerto -sugirió
Lucas.
-¿Y el dinero?
-El dinero lo enterramos hasta que todo se calme.
-No sé... -dijo Mariano.
-No hay que preocuparse -afirmó Guillermo-. Es muy difícil que
nos relacionen con ellos, y si lo hacen, les decimos que estuvimos en mi casa
jugando a las cartas hasta tarde.
*****
Feres parecía no haber dormido en toda la noche. Estaban tomando café
en un pequeño apartado, al lado de las oficinas.
-Todas balas de grueso calibre. Armas no identificables -informó Gamboa-.
El botín, aproximadamente treinta y cinco mil pesos. Cinco heridos
y cuatro muertos, contando los delincuentes.
-¿Los identificaron?
-Sí. Pablo Busso, empleado de comercio, treinta años, separado,
un hijo. El otro es Cristian Balmaceda, vendedor, veintiocho años,
viudo, sin hijos. Ambos con llamadas frecuentes a Lucas
Pérez y Mariano Cusinatto. El primero es fotógrafo, el otro
tiene un taller de motos en Liniers.
-¿Algo más?
-Varios testigos confirmaron que huyeron en una camioneta blanca. Las patentes
son falsas, por supuesto.
-Habrá que encontrarla.
*****
Feres se presentó. Lucas lo hizo pasar a su departamento, levemente
confundido por su aspecto inofensivo. Le calculó cuarenta años.
Llevaba una cazadora color beige y parecía desarmado.
-¿Se imagina por qué vine? -preguntó Feres.
-Por lo del diario, me imagino. Pero es ridículo, no veo a esos dos
hace meses. ¿Quiere tomar algo? -. Se acercó a un pequeño
bar de madera y se sirvió un americano. Feres le dio treinta y cinco
años, aunque parecía más joven por los jeans y la camisa
leñadora roja y negra que vestía.
-Un whisky, por favor.
Lucas apoyó los vasos en una mesa baja de hierro y vidrio que separaba
los sillones opuestos en los que estaban sentados.
-¿Dónde estuvo ayer a la noche? -continuó Feres, mientras
bebía un trago.
-Anoche... anoche... estuve con unos amigos, jugando a las cartas hasta tarde.
-Necesito que me diga dónde y con quién.
-Escuche, ¿qué le pasa?¿Acaso soy sospechoso?
-Puede ser. Si es inocente, ¿qué pierde contestando?
-¡Usted no tiene ningún derecho de venir a acusarme!
Feres bebió otro trago, y mirándolo a los ojos, replicó:
-Puede decirme dónde estuvo a mí o al juez. Elija.
-De acuerdo... de acuerdo -dijo Lucas luego de una pausa-. Estuvimos en Flores,
jugando poker en la casa de Guillermo López.
Feres apoyó con violencia el vaso en la mesa y se puso de pie. Su cara,
hasta entonces pálida, adquirió el color rojizo de un sol descendente.
-¿Estuvimos?¿Quiénes?
-Guillermo López, Mariano Cusinatto y yo.
-¿Quién más?
Como tardaba en responder, Feres lo tomó de la camisa e hizo que sus
rostros prácticamente se tocaran.
-¡Dije, quién más! -gritó.
-Na... nadie más -tartamudeó Lucas.
-Deme la dirección.
-Es en la calle Gavilán...
-¿Gavilán cuánto?
-Al 783
-Bueno -dijo Feres antes del portazo.
Al quedar solo, Lucas tomó el teléfono:
-Vino un cana -dijo alterado cuando escuchó la voz del otro lado del
tubo.
-¿Le dijiste que estuvimos jugando a las cartas en mi casa? -preguntó
ansioso Guillermo.
-Sí. ¿Pero cómo mierda nos localizaron? No entiendo...
-Eso ahora no interesa. Lo importante es que no tienen nada en nuestra contra,
si no a esta hora vestiríamos a rayas. No vuelvas a llamarme por unos
días. Yo hablo con Mariano. Chau.
Permaneció unos instantes con el teléfono en la mano. Después
tomó la cámara fotográfica y se encaminó al garage,
donde lo aguardaba su Heritage.
El aire fresco y la vibrante sensación de la máquina entre las
piernas despejaron sus temores. Se detuvo en el puerto y fotografió
unos barcos alejándose. Algún día cargaría la
moto en uno de esos barcos y se iría para siempre.
Lucas se despertó temprano y fue a buscar el periódico al pasillo
. Leyó la noticia frente a una taza de café, que se le cayó
de las manos. Enjugó maquinalmente el líquido derramado con
un repasador y volvió a leerla. Mariano Cusinatto estaba muerto. Lo
habían asesinado con un cuchillo cuya empuñadura de bronce tenía
la forma de una cabeza de águila. Y sólo dos personas podían
haberlo hecho de esa forma: Guillermo o él. Y él no había
sido.
Pensó en llamarlo al trabajo, pero cambió de idea. El mediodía
se venía encima. No iba a esperar sentado a que le pasara lo mismo
que a Mariano.
*****
-Encontramos la camioneta -dijo Gamboa, sentado en la austera oficina de Feres.
Veía, por encima del viejo escritorio, la espalda de su jefe, que miraba
la calle a través de la ventana.
-Y cerca -añadió-, dos motos: una Harley Davidson Electra Glide,
que pertenecía a Pablo Busso, y una Honda Denuville a nombre de Cristian
Balmaceda. También descubrimos otras huellas de motos. Sabemos que
Mariano Cusinatto, Lucas Pérez y Guillermo López tienen motocicletas
de ese estilo. ¿Por qué no los arrestamos?
Feres se sentó y encendió un cigarrillo. Sobre su escritorio
brillaban, como el rastro paralelo de dos lágrimas, las hojas de unos
cuchillos de mango dorado.
-Porque todavía no estamos seguros de que sólo son cinco. Es
muy probable que hubiera alguien más esperándolos en la camioneta,
y aún no tenemos su pista. Además, es obvio que ocultaron el
dinero. Si nos apresuramos, nunca sabremos dónde está.
*****
Lucas montó en la Heritage y se dirigió al aeropuerto. Dejó
la moto en el estacionamiento y se abrió paso entre la gente hasta
llegar a los casilleros. Ubicó el suyo, lo abrió, tomó
la pistola y volvió a cerrarlo, dejando adentro la máscara y
el puñal. Desde la sala vio un avión que despegaba, y en el
tablero electrónico leyó nombres de lugares que ansiaba conocer.
De nuevo en la moto, se internó en el tránsito y llegó
al centro esquivando la marcha lenta de los autos. Estacionó cerca
de la puerta del edificio donde trabajaba Guillermo. Mucha gente salía
de las oficinas para ir a almorzar. Las casas de comidas estaban desbordadas.
Por la puerta que Lucas vigilaba emergían, en forma intermitente, grupos
de personas. Pero Guillermo no apareció.
Lucas entró en el edificio y se enteró de que Guillermo no había
ido a trabajar.
Se dirigió a su casa.
Lo distinguió a través de las rejas blancas del jardín.
Cargaba un bolso en su Yamaha XJ- 900. Al advertir su presencia, Guillermo
intentó sacar algo del interior de su campera de cuero. Pero Lucas
no le dio tiempo a nada: la bala le entró en medio de los ojos.
A través del espejo retrovisor pudo ver a los curiosos cerrándose
sobre el cadáver como se cierra una flor en la noche. Escuchó
una sirena y aceleró más aún.
Ya estaba en la ruta, sintiendo la potencia de la máquina debajo de
él como un ronroneo amoroso. La ciudad había desaparecido. A
su alrededor se extendían sembradíos y enormes pastizales con
animales echados al sol. El aire tibio entraba por el casco produciéndole
una sensación agradable.
Atardecía cuando llegó al bosque.
En pocas horas sería libre, podría viajar adonde quisiera, irse
a otro país, alejarse para siempre.
Dejó la motocicleta cerca de un árbol y empezó a cavar
con una pala que había llevado, hasta que la herramienta tropezó
con la bolsa de cuero. Entonces siguió cavando con las manos. Tenía
la mente llena de imágenes y no advirtió una presencia detrás
de él.
Veía una caravana de motociclistas antes del amanecer, avanzando entre
montañas, con las luces reflejándose en las paredes de piedra
como lava incandescente.
Por fin exhumó la bolsa y comenzó a limpiarla con manos temblorosas.
Estaba por abrirla cuando sintió en sus pulmones un dolor helado y
punzante, y adivinó la cabeza dorada de un águila aso asomada
en su espalda.
Mientras se sumía en la inconsciencia de la muerte, logró voltearse.
Una silueta se alejaba hacia el sol anaranjado.
Feres no se volvió a mirarlo. Siguió avanzando, con la bolsa
en la mano, pensando que de alguna manera Marcela caminaba a su lado.
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